CAT 700 MTB Brevet 2017, una aventura insuperable

CAT 700 MTB Brevet 2017, una aventura insuperable

 

Hay retos que desde que sabes de su existencia se acomodan en el subconsciente y poco a poco van animándote a realizarlos algún día. Después de tres años desde la primera edición de la CAT700MTB Brevet, en la de 2017 había pocas excusas para no atreverse participar.

Las semanas previas a la salida y una vez superada la sensación de emoción tras formalizar la inscripción, aparecieron las inquietudes. Conceptos como bike packing o autosuficiencia aparecían en mis pesadillas nocturnas y las dudas sobre mi estado de forma —con mucho menos entrenamiento del que sería óptimo— me acechaban constantemente. Las palabras de un buen amigo brevetista me tranquilizaban (!!) y me daban un mínimo de esperanza de salir entero de la CAT700: “Bernat, nunca se llega preparado a una locura como esta”.

Vayamos por puntos.

¿Qué es la CAT700? Dicho de forma sencilla, se trata de una carrera en mountain bike o gravel en régimen de autosuficiencia en la que, en un máximo de cinco días, se deben recorrer los 650 km de pistas, senderos y carreteras secundarias que separan la población pirenaica de Les de la desembocadura del río Ebre. Es decir, Catalunya de norte a sur.

¿Qué es la autosuficiencia? Sería algo así como un "every man by himself” o un "carga lo que necesites para sobrevivir a la ruta marcada por la organización". Hay pocas reglas. Las más importantes serían la obligación de seguir el track proporcionado por la organización y la imposibilidad de recibir ayuda externa, sea del tipo que sea. Las comidas, las horas de sueño (o la falta de este), la ropa a cargar, etcétera, son cosa tuya.

Así pues, Tomás Montes y un servidor nos plantamos en la salida de la brevet transcatalana junto a otros treinta y cinco valientes con solo dos objetivos en mente:

1. Conseguir superar los Pirineos en la primera jornada de pedaleo
2. Llegar al Delta del Ebre en tres días y medio... enteros y con dignidad.

Así, con los primeros rayos de sol escondidos tras una fina lluvia, empezamos a atacar los primeros kilómetros de la Cat700 MTB Brevet.

 

Pirineos: frío, caldo Gallina Blanca y Pedals de Foc Non Stop

Como novedad en esta tercera edición, se añadían 40 km al recorrido con una ascensión, temprana, a Coll de Varradós, en la Val d’Aran, que resultaría clave.

La fina lluvia del inicio, que parecía no molestar, se fue convirtiendo en más pesada a medida que íbamos ganando altitud. El agua y el descenso de la temperatura hasta los -3ºC cuando llegamos a los 1.900m, hizo que muchos —me atrevería a decir todos— lo pasáramos realmente mal a nivel físico al no llevar ropa apropiada para aguantar esas temperaturas. Mientras subíamos, el cuerpo se mantenía caliente pero el descenso fue… ¡terrible! Primera lección aprendida en los primeros 30 km: no subestimes el clima en los Pirineos, aunque sea el mes de julio.

Nuestra salvación llegó en forma de un caldo que pudimos tomarnos en el Refugi de Montgarri. Fue una parada imprevista pero totalmente necesaria que nos haría entrar en calor y atacar los próximos kilómetros, con tendencia en descenso, hasta Espot. Después de un menú para recuperar fuerzas, encaramos el ascenso hasta la cota dos mil de la estación de Súper Espot. Fue una subida larga, por pista, tediosa y con unos porcentajes considerables que superamos entreteniéndonos contando el número de participantes de la Pedals de Foc Non Stop (Campeonato de Europa de ultra maratón) que nos iban devolviendo el saludo... Fueron pocos, muy pocos, a diferencia de la Cat700, donde el compañerismo y el respeto hacia el entorno y otros ciclistas y lugareños se nos antoja como imprescindible.

Una vez superado el puerto, había un falso llano hasta el descenso del temido Coll de Triador, todavía con la lluvia acompañándonos de manera intermitente. Tras superar 146 km de suplicio, llegó el momento de tomar decisiones: decidimos acortar nuestros objetivos iniciales en 20 km y cambiar el vivac previsto por una ducha caliente y una noche en cama en La Torre de Cabdella.

Coll del Triador

 

Noguera y Plana de Lleida: dejando atrás los Pirineos

El inicio de la jornada fue temprano para ayudarnos a recuperar un poco de terreno tras una cómoda noche y un desayuno de campeones. Llegaba territorio conocido: tantos años pedaleando por Lleida y alrededores me habían llevado a conocer a fondo la zona que nos tocaría afrontar... y las trampas que nos esperaban.

El frío del día anterior dejó paso a temperaturas que cada vez subían más cuando circulábamos por La Pobla de Segur. A partir de ahí, el entorno se fue convirtiendo progresivamente en más árido e inhóspito hasta que llegamos a Balaguer, tras superar Camarasa y las paredes de Vilanova de Meià, paraísos para escaladores.

 

Ascenso a Montcortés

Momento de descanso en Orcau

Imágenes de la zona cercana a Vilanova de Meià

Después de superar el último puerto que nos separaba de Camarasa, nos topamos con la temida —debido al calor canicular— Plana de Lleida. Llegamos a Balaguer y tomamos una de las decisiones más sabias de toda la ruta: cenar a las siete de la tarde, reponer fuerzas e intentar hacer el máximo de kilómetros posible de noche.

Finalmente, nos plantamos en Les Borges Blanques, donde nos esperaba el primer vivac en forma de campo de nectarinas. Cuando el cansancio asoma, cualquier sitio es bueno para dormir, aunque a media noche una nectarina decida sucumbir a la fuerza de la gravedad para acabar en tu cabeza con el susto y desorientación posterior. En total, 190 km más a la saca.

 

Vilanova de Meià

Arriba: cerca de Alòs de Balaguer / Abajo: vivac con nectarinas en Les Borges Blanques

 

Garrigues, Montsant, Priorat: tocar fondo, calor y cigarras

Lo que empezó cómo una agradable jornada por Les Garrigues, contando (y perdiendo la cuenta) de todos los conejos que se cruzaban en nuestro camino, se convirtió en un suplicio físico y psicológico. Poco podíamos imaginar, al llegar a Cornudella de Montsant, lo que nos venía encima. Ay, qué poco caso le hicimos a Joan Carrillo, ganador de la Cat700 con un tiempo de 52 horas, cuando el día anterior a la salida nos dijo: “Chicos, guardad fuerzas para el Priorat”.

La temperatura andaba en los 38ºC, el sonido de las cigarras se metía en el cerebro hasta el punto de odiarlo todo y los sucesivos colls y collets ponían a prueba tus fuerzas mientra íbamos avanzando, lentamente, por un terreno pedregoso y con pocas sombras donde resguardarse del intenso sol.

 

Les Garrigues, el far west, la muerte cercana con las cigarras como banda sonora

 

Puente del ferrocarril sobre el Ebre, llegando a Mora d'Ebre

 

Nuestra llegada a Móra d’Ebre debió ser de un esperpento digno de admiración para todo aquel que se cruzó a nuestro paso. Éramos dos almas en pena, deshidratados y hartos de la bici, con pocas ganas de hablar y sin un plan claro. En este punto, tocando fondo, solo teníamos tres opciones:

1. Abandonar y aprovechar la estación de tren de Móra d’Ebre para volver a casa, a Barcelona.
2. Alquilar una zodiac, cargar las bicis y seguir el cauce del Ebro hasta su desembocadura.
3. Asaltar el primer bar, restaurante o supermercado a vista.

No sin mucho dudarlo, optamos por la tercera opción. Así, contado por escrito, parece una misión fácil, pero nada más lejos de la realidad en un pueblo hostil y desconocido. La cronología fue algo así cómo: entras en un bar, te dicen que están cerrando, entras en otro bar, pides una Coca Cola y la carta, te dicen que cierran en diez minutos y que no tienen pan, te vas de mala leche, sin rumbo hasta que encuentras un supermercado, ves la luz, eres feliz.

Y así fue. Nunca en nuestras vidas una tortilla de patatas prefabricada y fría había sentado tan bien. ¡Qué delicioso estaba el queso Ventero con jamón barato y pan sin gluten! Por no hablar de los litros de Coca Cola y bebidas energéticas que llegamos a ingerir en un intervalo de dos horas y que serían nuestra salvación, una salvación que llevaba el nombre de Mercadona.

Todavía tuvimos fuerzas y ánimos para superar 40 km más, hasta Bot, acompañados de Koos Kron y Xavier Montserrat, otros dos participantes con los que nos fuimos cruzando desde la salida y cuya compañía ya no abandonaríamos hasta llegar a meta.

Llegando a Bot a través de un antiguo "carrilet" ferroviario

 

Els Ports y Terres de l’Ebre: redención y celebración

Tras una movida noche de vivac en la que mis compañeros se despertaron varias veces —aspersores, gallos y peleas de gatos— y en la que yo dormí como un tronco, arrancamos con un último escollo a superar: els Ports de Beseit. Tras una cómoda y lenta aproximación hasta Beseit, donde no pudimos sucumbir a la increíble piscina natural, con siesta incluida, estábamos preparados para afrontar lo que sería la última ascensión de categoría de todo el recorrido.

 

Momentos de felicidad en Beseit

Desconocía por completo la zona y debo decir que desde entonces tengo el recuerdo en mi cabeza. Els Ports, la franja montañosa que separa las provincias de Tarragona, Teruel y Castellón, es una zona única y de especial interés natural, con el Mont Caro de 1.447 m. como su pico más elevado.

Superamos los casi 30 km de ascensión con el mejor buen humor desde que salimos de Les. El final se veía cerca y los ánimos volvían casi de forma mágica. Un cómodo y largo descenso nos llevó a La Sènia y Ulldecona —superando El Godall—, Freginals y Amposta, la última población antes de la meta. Fue precisamente en Amposta donde cometimos el enésimo error estratégico en nuestra primera prueba de autosuficiencia. El final estaba cerca pero no tanto como para poder llegar sin antes comer algo. Parada y fonda. Tenedor y cena pantagruélica en un restaurante chino de cuyo nombre no me acuerdo. Era la única opción abierta a esas horas. Perdimos dos horas pero nos cargarnos de proteínas e hidratos de carbono a poco más de 20 km de meta. Distancia fácil y con terreno favorable que podíamos haber superado con la ingesta de una barrita cualquiera, pero bueno...

 

En Ports de Beseit, desesperados, bebimos agua de una fuente no potable

La cordillera de Ports de Beseit, cerca de Tortosa

Llegamos a meta a medianoche, con una sensación de alivio y satisfacción increíble por haber superado esta bonita prueba que aúna las cosas que más nos gustan del ciclismo: el compañerismo, el descubrimiento de nuevos lugares y la exigencia física, al mismo tiempo que nos picaba el gusanillo sentir eso de la autosuficiencia. Nuestro tiempo fue de 87 horas y 37 minutos, casi 4 días. 

Las anécdotas fueron muchas y diversas y seguro que perdurarán en nuestra memoria por mucho tiempo. La CAT700 MTB Brevet es un evento increíble, organizado con mucho mimo por grandes ciclistas como Eliseu T. Climent y Mónica Aguilera junto a su equipo de La Nova Fita. Un evento que deberíais apuntar en vuestras agendas. Yo ya tengo en mente la Torino-Nice Rally para el 2018…

A punto de terminar, en Ulldecona

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