Cinco lecciones de una Vuelta

Cinco lecciones de una Vuelta

Dos años de trabajo en La Vuelta son cincuenta días de curro, que quizás tampoco son tantos a efectos prácticos, pero la intensidad de ciertas cosas hace que aprendas (o tengas ganas de aprender) a marchas forzadas. O quizás, sencillamente, hoy por fin he dormido hasta tarde, llueve, y como dicen los Hellacopters, “when a rainy day comes along, let us come to a conclusion”. Y aquí vienen cinco lecciones que se pueden extraer de estas semanas en una mente dispersa.


1. Comunicados y barro. La importancia de trabajar con las manos

Cada día, la organización de La Vuelta hace llegar cerca de ciento setenta comunicados a equipos, periodistas, comisarios y demás. Su proceso de confección es el cometido final de la oficina permanente antes de cerrar la jornada: se recopilan las clasificaciones oficiales, el parte médico, las decisiones arbitrales, etcétera, transcritas desde un papel a mano (se ve que en los cursos UCI no se enseña a generar PDFs), comunicaciones oficiales de la organización y una previsión meteorológica.

Como las costumbres pesan más que la sostenibilidad del planeta, se deben imprimir cada una de esas partes, ordenarlas, grapar los comunicados y clasificarlos en sobres. Por circunstancias logísticas, este año un servidor ha participado en el proceso. Sorprendentemente, para un listillo de prensa como yo, tras pasarse ocho horas transcribiendo, traduciendo, redactando, programando y generando contenido, este pesado proceso ha sido una bendición más bien agradecida a pesar del cansancio. Un hecho que me ha hecho pensar, mucho, en lo que explica el filósofo Josep Maria Esquirol en esta entrevista al semanario La Directa:

“Hoy en día tocamos mucho, pero es un tocar muy restringido: se tocan pantallas o teclados. La manualidad te hace estar más conectado con las cosas. Es una cosa que va más allá de la nostalgia: estamos perdiendo el mundo porque lo tocamos poco. Mucha abstracción y poca concreción. Mucha verborrea y pocas palabras vividas. Hay muchos discursos abstractos que ya no tienen a ver con la concreción de la vida: crean una especie de capa teórica que cae sobre las cosas y las asfixia”. Empujar coches para poder salir del barro en la cima del Angliru también cuenta. Y tanto si cuenta.

Vale, sí, mucho discurso de las manos, pero mover tres semanas estos cables debe ser muy cansino.

 

2. La curiosidad no tiene límite

¿Puede ser que te toque trabajar con un reconocido periodista de ciclismo, con experiencia, al que hace tiempo que lees y no habías conocido, un francés que vive medio año en Malasia, y que la primera pregunta que te haga en tu primera cena con él sea sobre Arran?

- ¿En qué periódico has dicho que colaboras?
- En el diario Ara.
- ¿Nada que ver con Arran?
- ¿Arán? Sí, la zona del norte…
- No, no, Arran, con doble erre… ¿exactamente, qué es? ¿Una plataforma anti turismo?

Por muy lejos que vivas, por mucha burbuja que sea el mundillo en el que trabajas, no hay ningún límite de conocimiento del mundo si tienes humildad y curiosidad.

 

3. El target de Álvaro Soler. La dieta mediterránea también es musical

Confieso que es una conclusión a la que llegué el año pasado: la complejidad del recorrido de este año ha permitido vivir menos fiestas y el objeto del título no ha tenido ningún single tan reconocido este año. Pero el hecho es que yo vivía muy tranquilo en mi vida mediterránea pensando que Álvaro Soler era el nuevo rey de los veranos, pero hicieron falta 15 días de Atlántico, Cantábrico y Pirineos hasta llegar al primer garito castellonense para dejar de escuchar algo no fuera solamente Enrique Iglesias. Amigo Soler: estos arreglos de xilófonos y acordeones sutiles fueron gloria para mis oídos.

La boca del lobo, en las metas. No se ve ni un tercio de los camiones.

 

4. Hoteles y escaleras. Llegará un día en que ni andaremos

Los hoteles no están pensados para caminar. Y, a más estrellas, menos esfuerzo contemplan. En prácticamente la mitad de hoteles de cuatro estrellas en los que nos alojamos, tras tres minutos buscando las escaleras para bajar del cuarto o quinto piso –¡tampoco son tantos!– , acababas descubriendo que la única manera de no bajar en ascensor es bajar por la salida de emergencia, incluso alguna vez intentando orientarte entre salones en desuso y escaleras que te llevan directamente al párking. Después, corramos todos a buscar dietas y gimnasios.


5. Kilómetros, sueño y hambre. Todo es relativo

Sí, hacer una carrera así es difícil, complejo e incluso duro. Lo descubrí el año pasado y sigue siendo igual de complicado. Incluso puede que este año lo haya sido más, entre otras cosas, por los traslados infernales (en nuestro coche, han salido unos 7.500 kilómetros). Los highlights: salir desde Gruissan, al lado de Narbona, para llegar a Sant Julià de Lòria, en Andorra, y por supuesto, el célebre viaje Sierra Nevada-Logroño. Por suerte, con parada a echar una cabezada en Collado Villalba, que por algo era el día de “descanso”.

Sin embargo, una vez estás dentro del ritmo, todo da igual: dos o cuatro horas más de coche, tres o cuatro días más cenando patatas de gasolinera para no llegar al hotel a las 2 de la noche. Lees en el grupo de WhatsApp de tus colegas cómo desisten de ir a un concierto porque está a una hora de coche, a pesar de estar en vacaciones, y te da la risa. “El ser humano es apasionante”. Pura emoción.

Por último, imposible no tener un recuerdo para los familiares y amigos de María Ferreira, la chica bajando el puerto del Angliru el día de la carrera. Una imagen muy dolorosa. Llegadas en alto de este tipo son días logísticamente muy complicados. Para los vehículos de organización y prensa, subir rampas del 25% entre una nube de caminantes y cicloturistas, también en ambas direcciones, un reto. Para una ambulancia, todavía más (actuó un Grupo de Rescate). Fue un accidente pero ojalá nunca se tenga que decir que se hubiera podido evitar.

 La Vuelta también sirve para conocer que siguen existiendo colonias. Zona VIP delante del colegio de la fábrica de El Pozo.

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