El legado de Miravete

El legado de Miravete

 

Cuando a un cicloturista le preguntan por sus sueños, desde una perspectiva meramente orográfica, es muy posible intuir que la respuesta se encaminará hacia unos Lagos de Covadonga, hacia un Alpe d'Huez, un Mortirolo, un Tourmalet, un Angliru, un Stelvio o, en definitiva, hacia una de esas subidas mediáticas que embelesan al telespectador por la monumentalidad de sus paisajes o la aparente dureza de sus pendientes; una de esas cumbres que seducen al respetable por las gestas vividas en ellas o por el protagonismo que se le han dado en los medios de comunicación a golpe de personificaciones, hipérboles, metáforas y sinestesias.

Sin embargo, las razones del corazón son poderosas y en esas listas, por lo general crecientes y vivas —¡ah de los aportes de los foros ciclistas de internet!, ¡eskerrik asko, Juanto, Ander y demás gente de Altimetrías!—, también se incluyen pequeños paraísos personales en los que importa más lo anímico y lo sentimental. Ese primer puerto, ese puerto cercano, esa vieja apuesta nunca cumplida… razones mil.

Cuando uno era niño siempre soñó con subir en bici el Puerto de Miravete, que es un pequeño estertor orográfico de los Montes de Toledo en el suelo de la provincia de Cáceres, el punto más alto del viejo Camino Real de Extremadura al cruzar una serranía que emerge sobre los valles labrados por el Tajo y el Almonte. Un puerto que no supera los 666 metros de altitud, diabólica casualidad, y que, siendo sinceros, es más puerto por su vertiente de Almaraz que por la de Jaraicejo. Tampoco entremos mucho en números. Desde la óptica infantil del asiento de atrás en aquellas decenas, cientos, de viajes desde Catalunya y desde Madrid hacia las raíces familiares, ese puerto era el mayor de los colosos. Un reto de enjundia.

 

Pero no. Miravete no es ni de coña un Angliru ni tiene la estética de unos Lagos de Covadonga. Es un puerto muy asequible, de buena carretera y ancha plataforma, afeado en su parte alta por los tendidos de alta tensión que remontan la sierra desde la central nuclear de Almaraz, esa misma que le aporta al asunto una panorámica nivel Springfield y The Simpsons. Un puerto donde abunda el eucalipto, que tampoco es que sea un árbol muy simpático.

Las vistas de su vertiente norte tienen cierto interés por lo que aporta de mirador sobre el Sistema Central y la gran cantidad de terreno que se extiende hacia esa cadena montañosa. El Parque Nacional de Monfragüe queda realmente muy cerca, y puede incluirse en alguna ruta, pero más allá de alguna cumbre vecina apenas puede intuirse aquí nada de él.

La nueva autovía, esa que horadó túneles unos kilómetros más hacia el este, ha dejado prácticamente huérfanos de tráfico esos tres carriles y esas tres curvas de herraduras que jalonan esta subida. Hoy en día, varias decenas de kilómetros de la vieja Nacional V que surcan estos pagos serranos se han convertido en una suerte de santuario para las pedaladas por la inexistencia de los coches y las bondades de la vía. Un carril bici de primera. Ideal para darle rienda suelta a los sueños infantiles, mejor si es en otoño, invierno o la primera primavera.

 

Pocos saben que hace casi 80 años, en una subida al Miravete mucho más estrecha y sin apenas asfalto, Federico Ezquerra firmó una exhibición. Fue en la Madrid-Lisboa que se celebró en septiembre de 1939, al poco de concluir la Guerra Civil que había desangrado España; una carrera que se aferraba al deporte de la bicicleta para vender y buscar una normalidad todavía imposible, una propaganda en suma donde el catalán de Olite Mariano Cañardo se haría con el jersey azul de líder definitivo.

El vizcaíno Ezquerra se descolgó voluntariamente para avituallarse de agua en una fuente al comienzo de la subida. Reemprendió la marcha con viveza, logró alcanzar de nuevo la cabeza de carrera y pudo coronar el puerto en primera posición, sometiendo los afanes del cántabro Vicente Trueba. No ganó ni la etapa ni la carrera, pero ahí quedó su anónimo logro para la posteridad en el que era el único puerto puntuable de esa olvidada competición.

Sí, Miravete ha conocido el paso del ciclismo profesional gracias a esta Madrid-Lisboa. Pero también ha visto pasar a la Vuelta a España. Y por supuesto, aunque tampoco mucho, una Vuelta Ciclista a Extremadura de la que siempre nos llamó la atención, y no pocas veces reflexionábamos al respecto mientras pedaleábamos por el Puerto de Miravete, la falta de literatura que abordaba su historia.

 

Porque sí, Extremadura también tuvo su Vuelta. No puede decirse que fuera una del nivel de la Itzulia, ni tampoco que se tratase de una Volta. Pero era. Y contaba con muchas particularidades. Singularidades merecedoras de más conocimiento. La Vuelta a Extremadura es una carrera más joven, pero mucho más, alumbrada en 1985 y, pese a un par de ediciones aplazadas, con las bodas de plata cumplidas en 2011, el año en el que se celebra su última edición.

Una carrera de vocación por la cantera y por la formación que ha visto pasar a futuros campeones del mundo, de monumentos, de grandes vueltas, de vueltas de una semana, de clásicas y hasta de preseas olímpicas. Quizá ese haya sido el gran mérito de la carrera ideada por Pepe Guillén, sin olvidar una interesantísima actividad educativa paralela que con la excusa de su disputa se celebraba en los colegios. Una cita que llegó a alcanzar la consideración de profesional por los avatares normativos de la Unión Ciclista Internacional. Una competición pionera en mirar al otro lado de la Raia, saltar la frontera para visitar Portugal, y acostumbrada a las generales apretadas y a unas altísimas velocidades medias que se labraban en recorridos más proclives al terreno quebrado que a la montaña.

 

Jesús Manzano ganó con exhibición una edición y en otra hasta cinco corredores quedaron empatados a tiempo. Abraham Olano acudió un año como cedido y en otro se comenzó a dejar ver por aquí Wouter Poels. Una competencia donde hoy en día comentaristas del panorama ciclista anglosajón han logrado victorias finales y que en su momento no dudó en buscar el techo de los Montes de Toledo para allí, previo trabajado permiso, instalar una meta en unas viejas instalaciones militares en desuso. Una carrera expuesta a altísimas temperaturas, a curiosidades como maillot sin mangas de algún ciclista ya en 1985 o a desgracias, como la caída de Roberto Alcaíde, años después, en la que se cortó un pie con un quitamiedos.

Una Vuelta llena de particularidades que, en la historia, ha tenido varios antecedentes de índole provincial y alguno que otro, como la Ronda de la Hispanidad, tan inclasificable como interesante por su motivación histórico-cultural. La Vuelta a Extremadura ha sido durante años una carrera mimada por las autoridades autonómicas y por los medios de comunicación, pero con su desaparición todo aquel legado ha caído en una suerte de amnesia que no podíamos aceptar. Por eso un día, con la excusa de su existencia, honrando sus antecedentes, su génesis y su evolución, concebimos unas páginas de letras y de imágenes con la que pudiera abandonar las hemerotecas y dar el salto a las bibliotecas.

 

“¿Dónde viene Indurain?”, se preguntaba ingenuamente un espectador en las cercanías de la localidad de Alburquerque, sorprendido por el corte de la carretera y el paso de los ciclistas. Una pregunta que nos pareció brillante y aclaratoria, el mejor de los homenajes al gran ciclista navarro y el mejor de los resúmenes sobre lo que es un deporte para el que poco o nada lo consume y se encuentra con el de golpe y porrazo. Y así titulamos este libro sobre la historia de la Vuelta Ciclista a Extremadura que ha publicado la Diputación de Badajoz

Unos textos y unos enfoques que fueron viendo la luz en algunas de sus carreteras, consecuencias necesarias de esa bendita oxigenación cerebral que nace de las prácticas deportivas. O tras, mejor dicho. Como en Guadalupe; como en el Monasterio de El Palancar de Pedroso de Acim; como entre Salvaleón y Salvatierra de los Barros; como en Elvas, que es ya Portugal… Y por supuesto, en el Puerto de Miravete, allí donde se le pueden dar rienda suelta a los sueños infantiles.

 

Uno de los autores del libro, Juanfran de la Cruz, a punto de iniciar el ascenso de Miravete

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