Los chiflados del Ventoux

Los chiflados del Ventoux

 

«N'est pas fou qui monte au Ventoux, mais est bien fou qui y retourne»

El Mont Ventoux es una montaña un tanto singular. No está rodeada de otros colosos como los grandes puertos de los Alpes, los Pirineos o los Dolomitas. Se levanta en medio de los campos de la Provenza, y en pleno verano sorprende ver desde muy lejos la torre del observatorio meteorológico en su cima nevada. Una mirada más atenta desmiente que haya nieve en la parte superior. Es la roca calcárea lo que produce esa impresión y el famoso «paisaje lunar» de la cumbre.

En los últimos kilómetros del puerto, entre los nombres de los grandes ídolos del ciclismo, se leen en el suelo otros desconocidos que llaman la atención. Al lado del nombre aparece la palabra cinglé (chiflado) y una fecha. Si bien podría ser cierto que hay que estar un poco chalado para subir el Ventoux, la pintada en realidad hace referencia a uno de los retos centrados en la montaña. En 1988, la Federación Francesa de Cicloturismo propuso subir el Ventoux el mismo día por las tres rutas que conducen a su cima. Quienes lo lograron entraron a formar parte del Club des Cinglés du Mont Ventoux. El desafío se convirtió en una brevet que puede realizarse en cualquier momento del año. Son ya casi diez mil los ciclistas que han ingresado en este club de chiflados en los años transcurridos desde entonces. Algunos han repetido en varias ocasiones o han logrado otros dos retos que, acordes al signo de los tiempos, parecen empequeñecer el desafío original de ascender las tres rutas a la cima. El denominado Galérien consiste en añadir a las tres ascensiones por carretera una más en bicicleta de montaña por el camino forestal de Bédoin. La categoría Bicinglette consiste en doblar la opción Cinglé y convertirse en un doble chiflado que corona seis veces el Ventoux el mismo día. Y es que el Ventoux parece estar esperando nuevos desafíos. En mayo de 2007, el belga Lode de Pappe subió cuatro veces a la cima en un monociclo. En la década del 2000 se llevaron a cabo las Masterseries, que consistían en subir el Ventoux el mayor número de veces en un día señalado (a finales de junio o principios de julio). En 2004 y 2006 el ganador logró realizar diez ascensiones. Fuera de esas Masterseries, el 16 de mayo de 2006, Jean-Pascal Roux estableció el récord al subir once veces, todas desde Bédoin.

Un viaje familiar a la zona de Avignon previsto para el día siguiente de que el Tour de Francia suba el Ventoux hace que me acuerde del Club des Cinglés. Dos minutos en Internet me bastan para cumplimentar la inscripción. Todo es muy apresurado y no creo que el carnet me llegue a tiempo. Lo pido el día que el arco hinchable que señala el último kilómetro cae encima de Adam Yates y bloquea el paso de los favoritos en el lago de Payolle. La escena tiene todos los números para convertirse en la imagen curiosa de este Tour, pero el Ventoux reserva otra mucho más surrealista. El martes siguiente, el cartero me deja un sobre que contiene el carnet de la brevet y una placa para colocar en la bicicleta. No me quedan excusas para no intentar las tres ascensiones. O tal vez sí, porque el mistral empieza a soplar y obliga a recortar la etapa del jueves. Desde que en 1951 se subió el Ventoux por primera vez en el Tour, será la primera ocasión en que no se llegue a la cima. La meta se sitúa en el emblemático Chalet Reynard, un restaurante que desde 1927 han frecuentado automovilistas, esquiadores, excursionistas y ciclistas. La etapa se recorta seis kilómetros, porque desde la curva del chalet la carretera sale del bosque y empieza el paisaje lunar. Y allí el viento sopla a 90 km/h y se registran ráfagas de más de 150 km/h. El jueves es fiesta nacional en Francia. El público se concentra en los kilómetros finales, el viento impide vallar una zona de protección más extensa, las motos vuelven a reclamar su protagonismo y, de repente, en la tele, vemos a Froome corriendo sin bicicleta.

El mistral sopla del noroeste y hace bajar la temperatura varios grados. En Internet circulan vídeos del miércoles, la víspera de la llegada del Tour al Ventoux. El viento arrastra a los aficionados y sus bicicletas en la cima.

El lunes 18 es el día que elijo. No sopla viento. Un buen madrugón. Un café y unas tostadas antes de cuarenta minutos de coche hasta Bédoin. Llego a las seis de la mañana. Bédoin es un pueblo de tres mil habitantes, pero en verano recibe decenas de miles de cicloturistas que quieren subir el Ventoux. Y si pasa el Tour... El lunes a las seis no hay nadie, es fácil aparcar. La ausencia de mistral hace presagiar temperaturas muy altas, pero de momento en Bédoin el termómetro marca 11 grados. Unos manguitos no vienen mal. Entre las cosas que he olvidado está el cortavientos para la bajada (no lo echaré en falta).

El Club des Cinglés no establece ningún orden de ascensos, pero recomienda empezar por Bédoin. Ya he subido el Ventoux desde Bédoin antes. Es la ruta clásica. De las dieciséis veces que el Tour ha subido el Ventoux, trece lo ha hecho desde Bédoin. Veintiún kilómetros y medio hasta la cima, 1.620 metros de desnivel. El promedio es del 7,5 %, pero los primeros kilómetros son muy suaves, sirven para entrar en calor. Los mojones de la D-974 van informando de los kilómetros que quedan hasta la cima y del desnivel de los siguientes mil metros. Pasados los seis primeros kilómetros, la cosa se pone seria. La carretera se mete en el bosque comunal de Bédoin y durante nueve kilómetros subirá 845 metros (9,4 % de promedio). Aunque la parte final es la imagen del Ventoux, la parte del bosque es para mí la más bonita.

Los rastros de la etapa del Tour de cuatro días antes siguen pintados en el asfalto. Las bicicletas de Didi Senft se juntan con los nombres de Froome, Valverde, Quintana o Bardet, pero también están presentes Bahamontes, Induráin, Pantani e incluso Lance Armstrong. El último kilómetro antes de Chalet Reynard suaviza. Todavía nadie ha colocado ningún monolito en el sitio donde Froome probó suerte en la carrera a pie. En esta primera subida no veo ni un coche. Sólo me cruzo con un par de ciclistas. A partir de Chalet Reynard, la subida se hace más asequible, seis kilómetros en torno al 7,5 %. A dos kilómetros de la cima, veo al primer ciclista que sigue mi ruta. Lo alcanzo y me fijo en que lleva la placa del Club des Cinglés (que yo he olvidado). Es Frans, un belga de mi misma edad. Ya ha sido cinglé en 2013 y 2015. Y en 2014 se coronó bicinglette. «Es muy duro», me comenta en inglés. Me lo creo. En esa ocasión, Frans salió con luces a las doce de la noche. Charlo un poco con él y sigo a mi ritmo. Un poco más adelante, a la derecha, está el monumento a Tom Simpson. Esta montaña también es singular en eso. El ex campeón del mundo y primer británico en vestir de amarillo no murió en el descenso, sino subiendo, víctima de un calor infernal y de las anfetaminas. Fue en 1967. Al año siguiente se introdujeron los primeros controles antidopaje en el Giro, el Tour y los Juegos Olímpicos de México.

No hay nadie en la cima cuando yo llego. La tienda de recuerdos y los puestos de golosinas, que dentro de un rato estarán repletos, aún no han abierto. Una foto a Frans para el carnet de su brevet, otra al cartel de la cima con la gorra del club y me lanzo para abajo.

En el descenso hacia Malaucène, lo que después serán las rampas más duras me permiten alcanzar velocidades a las que no estoy acostumbrado. Nada más llegar al pueblo hay una tienda de bicicletas, todavía cerrada. Así que doy media vuelta para afrontar la segunda ascensión del día: 21,2 kilómetros, 1.570 metros de desnivel, 7,5 % de pendiente media, 14 % de pendiente máxima.

Al parecer fue de Malaucène, una noche de luna llena, desde donde partió el poeta Petrarca en el siglo XIV. En la cima le esperaba una espléndida vista desde el Ródano hasta los Alpes, pasando por las llanuras de Carpentras y de Vaucluse.

La primera vez que se subió el Ventoux en el Tour de Francia fue por esta cara norte, en 1951. Lucien Lazaridès fue el primero en pasar por la cima, pero la etapa se la llevó Bobet en Avignon. Ese Tour de 1951 lo ganó el suizo Hugo Koblet, del que decían que siempre llevaba un peine en el maillot para dar buena imagen en el podio.

Son más de las ocho y empieza a haber bastantes ciclistas en la carretera. A algunos los paso sin dificultad, otros me superan y los pierdo de vista enseguida. Para mí, el reto de los cinglés será una aventura solitaria hoy. A partir del kilómetro 10 se encadenan cuatro kilómetros a casi el 10 %, antes de la estación de Mont Serein. Es el tramo más duro del puerto. En la segunda parte, las vistas a la izquierda son espectaculares. En cambio, la torre del observatorio no puede verse casi hasta el final.

Ya en las últimas rampas, me encuentro con el primer fotógrafo. Tres instantáneas rápidas y una carrerita para ponerme la tarjeta en el bolsillo del maillot. Al llegar al coche tengo cuatro tarjetas, todas con una dirección de Internet y fecha y hora de paso. Unas horas más tarde ya puedes comprarte las fotos. Otro hueco de mercado derivado del bum del cicloturismo. Son las once menos cuarto cuando llego por segunda vez a la cima. Ahora está llena de gente haciéndose fotos. La tienda de recuerdos está abierta y puedes comprar agua a dos euros y medio la botella de medio litro. Ya tengo claro que me uniré al Club des Cinglés. Lo más duro está hecho.

Descenso rápido hasta el Chalet Reynard. Allí, en lugar de seguir por la D-974, giro por la D-164 hasta Sault. Cada 15 de agosto, el pueblo se llena de gente en la fiesta de la lavanda. Hoy me como un bocadillo y emprendo la última subida. La carretera es abierta, con campos de lavanda a los lados, pero apenas hay viento. Es la ascensión más fácil. Sault está a 760 metros y el desnivel total es de 1.210 en 26 kilómetros. Es un puerto sin grandes porcentajes (5-6 %) y con muchos falsos llanos. A diferencia de lo que ocurre al venir desde Bédoin, esta vez la llegada al Chalet Reynard marca el inicio de la parte más dura. El sol ya aprieta y hay mucha gente que sube haciendo eses y empujando la bici.

Si vas haciendo cálculos (la subida es lenta; la mente, ociosa), los porcentajes y los kilómetros que faltan no terminan de cuadrar. Claro que eso ya lo sé de la primera ascensión. La piedra de la departamental indica «Sommet 1 km», pero cuando has cubierto ese kilómetro no ves la cima sino otro mojón. Todavía quedan 507 metros hasta la cima, al 10,5 %. Es un final duro, pero la torre está a la vuelta de la curva. Dos fotógrafos más y estás arriba.

Sólo queda bajar otra vez a Bédoin, parando a hacer alguna foto. Llego al pueblo pasadas las dos de la tarde. En total han sido 136 kilómetros y 4.443 metros de desnivel. Y el gusto dulce de coronar tres veces el Gigante de la Provenza.

El perfil de la locura y la prueba del delito

 

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