Un día en la vida de un hambriento corredor de ciclocross

Un día en la vida de un hambriento corredor de ciclocross

04:20h

Hay un ruido extraño. Estoy en un lugar extraño. Ah, el ruido resulta que es mi despertador. El lugar estraño es el hotel del aeropuerto de Bilbao. Justo he teminado un bloque de entrenamientos y competiciones en el País Vasco y mi siguiente paso es irme a Dinamarca para la Copa del Mundo de Ciclocross. Es viernes por la mañana y la próxima carrera es el domingo en Bogense. El vuelo sale a las 6:55h y tengo que facturar dos bicicletas en bolsas. Mi compañera Annik y yo salimos a escape de la cama, metemos las bicis en el coche y veinticinco minutos después de que sonara el despertador ya estamos en marcha.

5:45h

Hacemos cola en el bar para tomarnos unos café americanos y una tortilla de patatas que, según hemos visto, son bastate típicas en el norte de España. El País Vasco es el indiscutible vencedor en mi lista informal de mejores comidas de bar del mundo. Tienen una gran variedad de bocadillos, tortillas y puedes encontrar pinchos de carne, pescado y huevo de todas las formas posibles en los establecimientos de la zona. En los pueblos pequeños, cada pieza cuesta 1 €. Aquí, en el aerpuerto, nos clavan 4,5€, pero es la única cafetería abierta a esa hora intempestiva. Es lo que hay.

Andrew Juiliano durante la Copa de España de Ciclcross de Elorrio (Fotos: Tomás Montes)

6:30h

Embarcamos en el vuelo a Bruselas, que será de una hora y veinte minutos, por contra de las diez horas que nos hubiera supuesto si hubieramos ido en coche. Luego me seguir hasta a Dinamarca. Pienso en sacar el ordenador para trabajar. Le supliqué a mi editor que me extendiera la fecha de entrega del artículo que hago semanalmente para la revista Peloton, que normalmente es cada lunes. Pero eso fue hace cuatro días... "Va bien si te lo entrego más tarde esta semana... tengo el cerebro frito. ¿Podré escrbir la pieza sobre España en el vuelo de viernes?" "Tenemos el Gravel Mob este fin de semana en Ojai, California, así que no podré publicar nada hasta el lunes más o menos", me respondió.
Vale, tdavía me quedan dos tercios de viernes y aquel "más o menos" me dejó una dulce sensación de dilación... Cierro mis ojos cuando el avión accelera en la pista de despegue y se eleva sobre la bahía de Vizcaia hacia el norte de Europa. "Todavía me queda el otro avión..."

8:30h

Aterrizamos y caminamos hasta el aeropuerto de Bruselas. Aquí es donde Annick y yo nos separamos, almenos durante el fin de semana. Los billetes de avión hacia Dinamarca eran un poco caros y solo yo y mis bicis podíamos pagar el viaje al completo. Me entristece que nos digamos adiós pera serán solo un par de días y creo que me las apañaré solo. Un café y un gofre belga que reconfortan mientras espero el vuelo a Billund.

El californiano durante la carrera de Elorrio, en la que terminó en decimosegunda posición. La prueba la ganó Felipe Orts (Fotos: T. Montes)

09:30h

Cuando me subo al bus que conduce a la terminal del vuelo, me encuentro a Ismael Esteban Agüero. Tiene 34 años y es el actual campeón de España de Ciclocross. También va camino a Dinamarca para la prueba de la Copa del Mundo. Hemos entablado amistad durante las dos semanas que he hemos estado compiendo por el País Vasco, que limita con su Cantabria natal. Hemos hablado de muchas cosas en castellano. Digamos que presté la suficiente atención en las clases de lengua estrangera en el colegio como para poderme expresar a través de todo tipo de expresiones incorrectas... ¡Ojalá hubiera escuchado un poco más a la profesora Rivera! Con Ismael revivimos el barro y las patinadas durante los días previos a Karrantza y Elorrio, hablamos que sus vértebras rotas y de la recuperación hasta poder volver a estar al máximo nivel. "Pienso estás mejor. Tienes bien carreras las fin de semanas pasadas" le digo con mi voluntarioso castellano. "Día a día, poco a poco", me responde.

10:20h

El avión despega en dirección al norte cruzando Bélgica y Holanda. El paisaje es un puzzle de zonas de pasto verdes y frondosas, zonas agrarias de color marrón, tejados beige y bosques anaranjados que ya han cambiado el color de las hojas. Saco el ordenador y empiezo a escribir sobre las dos dos últimas semanas de barro y tapas vascas. Cuando el avión empieza a descender para aterrizar en Billund mentalment me reafirmaba: "el lunes, más o menos"...

La autosuficiencia conlleva limpiar tu propia bici, montar y desmontar continuamente y cuidar el material (fotos: T. Montes)

11:40h

El avión aterriza enmedio de Dinamarca en un cielo estrañamente azul y soleado. Respiro aliviado cuando veo salir por la cinta transportadora de equipajes voluminosos las dos bolsas con las bicis. Seré relamente feliz cuando compruebe que todos los radios de las ruedas están intactos. Mientrastanto, camino con actitud triunfante hasta el mostrador de la empresa de alquiler de coches para recoger mi vehículo. Hay cola así que lanzo a probar la cocina local aeroportuaria: un perrito caliente extra grande, un pølsebrød, es decir, un simple y aburrido trozo de pan con una salchicha.

13:45h

Constantemente tengo hambre y culpo de ello al ciclismo, aunque seguramente podría culpar a la forma en la que crecí. Hubo un tiempo en el que podía ir al sur de Filadelfia y comer dos cheesesteaks —un bocadillo típico de la zona hecho a base de tiras de carnes y queso fundido—, y dos raciones de cheesy fries —patatas fritas con queso, la alternativa philly a las patatas fritas de siempre—. Le pregunto al encargado del Bed & Breakfast donde me hospedaba donde podía encontrar un tienda de alimentación y un sitio para comer. Sin que pudiera evitar una risita nerviosa, me señaló que debía ir a Middelfart, a unos diez kilómetros. También me dijo que había un fiskehus, una especie de bar de pescado, a unos tres kilómetros más abajo por la carretera. Opté por esta opción ya que todavía tenía que montar dos bicis, rodar un poco y tan solo quedaban un par de horas de luz de día.

Pronto toca empaquetarlo todo de nuevo, bicis, maleta,... El vuelo hacia Dinamarca sale el viernes a las 6:55h desde Bilbao (foto: T. Montes)

14:00h

Pido filetes de lenguado fritos. Deduje que eran la versión encandiava de los palitos de pescado fritos. Estaban ahí, en el mostrador, sin refrijerar. Normalmente soy un tiquismiquis con la manipulación de alimentos pero pensé que no pasaba nada ya que en el interior de la tienda estábamos a seis grados. Era como una especie de iglú. "¿Es pescado de la zona?", pregunté señalado al fiordo que había a unos 400 metros de allí. "No, no, es del otro lado de la isla", me resonde el encargado. La isla en concreto es Funun, que está a menos de una hora de camino. Tardé en entender que en Europa, algo no no se considera local a menos que puedas olerlo desde tu casa.

15:15h

Con el estómago lleno con los filetes de rødspœtte de la isla de Funun, estaba preparado para una vuelta rápida en bici. El sol se estaba poniendo en el sureste y pronto habría desaparecido a las 16:10h. Me dirigí a través de una zona de terreno ondulada con granjas, manteniendo al fiordo a mi derecha mientras serpenteba a través de pequeños pueblos y bosques. Cada cierto tiempo me llegaba un hedor a excrementos de vaca con las ráfagas de brisa. "Sea lo sea que cultiven en estas tierras tan bien fertilizadas debe ser muy muy local", pensé. La suave luz brillaba a través de las colinas mientras subía la cadencia y empezaba a sudar debajo de mis tres capas de ropa de invierno.

Dos días después, Jiuliano competía en la Copa del Mundo de Bogense, Dinamarca (Fotos: Balint Hamvas)

19:20h

Hace ya más de tres horas que el sol se ha puesto y yo estoy en mi habitación de hotel sacando la ropa de la maleta y haciendo estiramientos como un ciclista responsable. En la web de reservas Booking.com las habitaciones de aquel B&B estaban descritas como un espacio de 14 metros cuadrados. La traducción real de las dimensiones era la siguiente: habitación con cama de matrimonio, una silla, una mesita de noche, un armario y un baño donde el plato de ducha y el lavabo ocupaban tres cuartas partes del espacio. Tenía el sitio justo para poder hacer algunas flexiones. Sin embargo el lugar es limpio, acogedor y confortable. Cualquier agente de una inmobiliaria hubiera dicho que es "cuco".

Me voy al pueblo de Middlefart a cenar y conseguir comida para la carrera del día siguiente. Estuve veinte minutos en un Fakta, una cadena de supermercados daneses, mirando copos de avena. Buscaba los instantáneos. Pero en el súper había hasta seis variedades y aquella era la primera vez que me enfrentaba al idioma danés. No tenía ni idea de lo que estaba mirando hasta que me di cuenta que la palabra clave era øjeblikkelig. Qué tonto. Me fui calle abajo en busca de menús con alimentos que pudiera reconocer.

Incluso en una tierra estrangera, la palabra pizza parece que es la forma universalmente aceptada para una deliciosa base de pan con queso, y, para mí, una pizzera es un lugar seguro, un sitio de confort. Crecí justo al lado de la pizzeria Franco’s de Nueva Jersey, y en determinadas situaciones son mi refugio hedonista. Pero no sufra, querido lector, el ciclista que suscribe esta lineas hizo un ejercicio de restricción: en vez de unos trozos de pizza con peperoni opté por por un wrap griego que, efectivamente, contenía algunos trozos de verduras.

En Bogense, el corredor americano terminó en quincuagésima segunda posición (Fotos: Balint Hamvas)

20:30h

Regreso al B&B de Møllers y en el parking me encuentro con una cara conocida, bueno, más o menos. Era el corredor de ciclocross belga Tom Meeusen cuya cara cubría toda la parte trasera del bus del equipo Beobank-Corendon. El vehículo era enorme y estaba teniendo dificultades para entrar en el callejón y llegar hasta la zona de párking. El mismo Tom Meeusen en persona estaba ahí guiando al conductor. "Esa cosa es igual de grande que las habitaciones de la pensión", le dije. "Lo sé, pero digamos que no es lo más barato del mundo conducir un trasto como este durante más de 800 kilómetros", contesta.

20:58h

Me echo en la cama y abro el ordenador una última vez. Hago un intento de escribir la crónica del día. En las últimas seis horas le había estado dando vueltas a cómo lo enfocaría y ya era hora de ponerlo en práctica. Pero me quedé sin fuerzas. "Siempre nos quedará mañana", pensé. Después de todo, tengo hasta el lunes para entregarlo.

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