Un Tour sin batalla: sobre ausencias, hype y dominio

Un Tour sin batalla: sobre ausencias, hype y dominio

 

De Nairo Quintana siempre se ha destacado su determinación, su forma de construir su carácter en la carretera a base de golpes de carácter. Como aquel empujón hacia la cuneta a otro ciclista en el Tour del Porvenir que ganó, cansado de escuchar que “los indios (los colombianos) no sabéis ir en bicicleta”, entre insultos peores. O como aquella vez que Imanol Erviti, a quien se le encargó protegerle en el viento, le perdió de vista en una etapa llana de su primer Tour de Francia. “¿Dónde has ido?”, le preguntó el navarro, y cuentan que su respuesta fue que a cabeza del pelotón, a ganar posiciones porque sí con la única ayuda de algún que otro codazo. “Así se gana uno el respeto”, ha dicho más de una vez el colombiano.

Y sin esa chispa, también a nivel competitivo, no hay el Quintana que se ganó empezar este último Tour de Francia como el máximo rival de Chris Froome, al que siempre ha llegado a poner contra las cuerdas en los dos Tours de Francia en los que había quedado detrás de él, en 2013 y en 2015. Sin aquel ataque casi en la base del Mont Ventoux en 2013, sin la cabalgata camino de Val Martello para dejar patas arriba el Giro de 2014 o sin la increíble remontada en la semana final del Tour 2013, el hype que se genera alrededor del colombiano y sobre los duelos que puede protagonizar con alguien con el aura de dominador que marca una época que tiene Froome se queda en nada.

Quintana no estuvo como acostumbra, quien sabe si por alergia o por qué, y Froome se quedó sin rivales. Tampoco estuvo en los momentos decisivos Alberto Contador, uno que sin estar al nivel de sus grandes años siempre intenta dejar su huella cambiando el desarrollo de las carreras, como intentó camino de Andorra justo antes de abandonar, entre dolorido por las caídas y afectado por la fiebre. Así pues, pues sin ellos y con el resto de competidores demostrando estar un peldaño por debajo, el Tour se quedó sin rivales para Froome, y lo demuestra el hecho que el podio fuera completado por un cada vez más sólido Romain Bardet, que recibió el premio a su atrevimiento en Le Bettex pero que nunca significó una amenaza para el maillot amarillo, y por un tercer puesto gris de Quintana, que logró estar en el podio a pesar de ser incapaz de hacer ningún ataque de entidad y confesar que se le pasó por la cabeza abandonar.

A Froome no le hizo falta ser superior en montaña como en el resto de años, cuando dejaba ya la carrera medio sentenciada en la primera llegada en alto de carrera (Ax-3-Domaines en 2013 y La Pierre de Saint Martin el año pasado): lo fue en las cronos y controló el resto de circunstancias como nunca lo había hecho, empezando por los descensos en los que se le había acusado de patoso (pues ahí estuvo su exhibición bajando el Peyresoude para ganar en solitario en Bagnères-de-Bigorre) y siguiendo por los abanicos, con aquella otra demostración de determinación y fuerza siguiendo en primera persona a todo un Peter Sagan camino de Montepelier. Esos detalles de vueltómano total, la superioridad insultante de su equipo en las etapas de montaña y una pléyade de aspirantes bien satisfechos con su puesto o bien sin piernas, han dejado un Tour sin especial batalla y que hace pensar que algo debe cambiar mucho para que Chris Froome no siga con su dominio que le ha llevado ya a ganar tres Tours de Francia y a retirar del deporte a un inversor como el excéntrico Oleg Tinkov, que ha dicho que volverá al ciclismo “cuando acabe su era”.

 

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