Una pincelada de sombras qataríes

Una pincelada de sombras qataríes

 

Durante la contrarreloj masculina del Mundial de ciclismo en ruta que se está disputando esta semana en Doha (Qatar), apostado al lado del cartel de 100 metros a meta en el lado derecho de la carrera, se podía apreciar alguien pintando un cuadro. Al parecer, se trata de un pintor británico que ha sido financiado un mes por la compañía aérea Qatar Airways para inmortalizar diversas escenas sobre Doha. «Me gusta mucho pintar movimiento, así que he pensado que este mundial de ciclismo era una buena excusa para pintar. Hay bastante historia sobre la pintura en el ciclismo. Es un mundo en movimiento, colorido y que también puede ser muy abstracto», explicaba el pintor a nuestro amigo Fran Reyes, quien se encuentra trabajando en Qatar.

Igual que sobre el lienzo, las palabras de este pintor también ilustran perfectamente este más que cuestionable evento que se está celebrando en la capital del primer país de Oriente Medio que organiza un mundial de ciclismo, una ciudad que «está cambiando muy rápido», en palabras del protagonista de la foto. «Nadie sabe muy bien cómo acabará siendo», concluía.

(fotografía de Fran Reyes)

En Qatar, menos de un 10% de los más de 2 millones de habitantes son nativos. La mayoría, un 80% de los cuales son hombres, son trabajadores extranjeros, principalmente asiáticos y africanos, que vienen como mano de obra para construir infraestructuras, en gran parte, necesarias para estos grandes eventos deportivos por los que el país está apostando. Si en 2015 albergaron el Mundial de balonmano (incluyendo la contratación de 60 aficionados para animar a su selección, llena de estrellas nacionalizadas a golpe de talonario) y en este 2016 el de ciclismo, ya tienen asignados dos peces gordos como son los Mundiales de atlestismo, en 2019, y de fútbol, en 2022. Doha también se ha presentado dos veces en la carrera olímpica, pero por ahora sin éxito.

Como denunció Human Rights Watch, las condiciones de estos trabajadores son prácticamente de esclavitud. A muchos, se les retira el pasaporte para que no puedan moverse del país ni buscar otro trabajo una vez se dan cuenta de dónde han ido a parar. Cuando diversas organizaciones humanitarias empezaron a denunciar las centenares de muertes escondidas entre los trabajadores de las obras de los estadios para el Mundial de fútbol y se atrajo la atención de la prensa, enviados especiales de la televisión alemana y la BBC que habían venido a investigar la situación fueron detenidos, siéndoles confiscado el material logrado. Una aberración imperdonable que pasa por alto entre debates sobre las condiciones deportivas de las competiciones que allí se disputan.

Son los octavos campeonatos del mundo que se disputan fuera de Europa, pero nunca antes habían obligado a retrasar tanto el final de temporada como estos que alberga esta ciudad a medio construir a un precio humano imperdonable. Se están disputando unas tres semanas más tarde de lo normal, ya que suelen celebrarse la semana antes del Giro de Lombardía, huyendo de un calor que, a pesar de ello, ha sido imposible de evitar. Y todo en una sede y un país, paradójicamente, lleno de sombras de un oscuro tirando a negro.

El circuito final del Mundial transcurre íntegramente en The Pearl, un archipiélago artificial de casi 4 millones de metros cuadrados de superficie que ya contaba con unos 12.000 residentes en enero de 2015 a pesar de estar inacabado. Todavía son muchos los hoteles de lujo, inmensas superficies comerciales y más ingredientes de esta realidad artificial que están por alzar en los grandes espacios muertos que se pueden ver por televisión. La previsión es dar por cerrada su confección en 2018 después de haberse gastado entre 10 y 15 billones de dólares, cifras de las que ciertos humanos no somos capaces de valorar su dimensión. Los detalles técnicos de un recorrido totalmente plano, por lo menos, han dado por resultado hilarantes comentarios de la imprescindible cuenta de Twitter Nación Rotonda.

En esta dolorosa ilusión, se hace difícil encontrar las ganas de seguir un Mundial con muchos más participantes que aficionados presentes a pesar de los descuentos y facilidades económicos en el transportes de bicicletas que ha promocionado Qatar Airways. En la crono sub23 del pasado martes, había un único aficionado en meta, Christophe, un francés que lleva 27 Mundiales consecutivos desplazándose. Dos días después, se le han sumado un grupo de neerlandeses y otro de belgas, extraño paisaje de un evento al que hay que obligarse a mirarlo con ingenuidad, talmente como si fuera una pintura, para no tener ganas de mandarlo todo a tomar viento. 

 

 

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