Una vez en Roubaix...

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Oriol Hergo | 01 May 2018

Una vez en Roubaix...

Una vez en Roubaix...

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Una semana antes de partir hacia Roubaix, los preparativos técnicos, la previsión del tiempo y la dureza de los adoquines nos hacían soñar y sufrir a partes iguales. Si algo caracteriza y le da esa aura mística a la Paris-Roubaix son sus tramos adoquinados y la severidad intrínseca de sus piedras. También la lluvia, que tantas veces ha sido protagonista desde 1896, cuando por primera vez se celebraría La Pascale, más conocida posteriormente cómo Paris-Roubaix, la Clásica de las clásicas o L'Enfer Du Nord. Lo resumía bien el irlandés Sean Kelly, "una París-Roubaix sin lluvia no es una auténtica París-Roubaix".

Roubaix es un municipio situado al norte de Francia, a muy pocos kilómetros de la frontera con la Bélgica flamenca. Cruzamos casi todo el país en trece horas de viaje a base de carretera y manta. Durante el desplazamiento pude repasar mentalmente que todos los preparativos para el gran día estuvieran a punto.

Con el sueño agarrado a nuestras pestañas llegamos a Lille rozando el mediodía del viernes, un día antes de nuestro cara a cara con uno de los cinco Monumentos ciclistas. Una vez establecidos en la ciudad, la pregunta era que íbamos hacer y, si bien lo lógico era descansar, decidimos vestirnos de corto, agarrar las bicicletas y acercarnos hasta el Velódromo de Roubaix dónde retiramos el dorsal y aprovechamos para hacer un tanteo por los empedrados de la zona.

Al llegar al histórico velódromo, vimos como la prueba cicloturista había colgado el cartel de sold out, lo cual significaba que seis mil insensatos nos daríamos, al día siguiente, un atracón de kilómetros, gofres y adoquines. El ambiente era eléctrico, con colas y un murmullo continuo. De golpe todos éramos expertos sobre esta prueba y su historia; las ganas nos podían. Visitamos el velódromo e hicimos las fotos de rigor para después, y tal y como quería Javi, irnos al mítico Carrefour de l'Arbre.

La verdad es que no nos pudimos rendir a rodar por pequeñas carreteras y caminos hasta llegar a ese enclave histórico del ciclismo primaveral. Así como los puertos de montaña se clasifican por categorías, los tramos adoquinados no pueden ser menos. Hay tres que destacan por encima del resto: Trouée d'Arenberg, Mons-en-Pévèle y Carrefour de l'Arbre; marcados con cinco estrellas. Históricamente se conoce Arenberg como un punto decisivo donde muchos favoritos pierden sus opciones por accidentes o averías mientras que quién llega bien situado al Carrefour de l'Arbre tiene grandes opciones de victoria. El resto de tramos se clasifican de 4 a 1 estrellas según su dureza y en total hay 29 sumando un total de 55 kilómetros.

 

Llegó el momento de la cicloturista

Pasados los preámbulos, llegó el momento. Paris-Roubaix “The challenge” —la versión cicloturista que se celebra cada año—. Fue una jornada vivida en equipo con el único y exclusivo objetivo de disfrutar del día y la esencia de esta prueba singular. Rodamos juntos durante gran parte del recorrido, saltando de grupo en grupo y tuvimos tiempo para disparar fotografías y grabar recuerdos.

Los nervios y la excitación se fueron transformando en deleite y satisfacción y la entrada al bosque de Arenberg fue espectacular y el contacto con su adoquín, una monumental encerrona. Dos mil cuatrocientos metros de barro resbaladizo entre pavés que lanzados a su propia suerte se habían hundido en el lodo. Las ruedas patinaban, perdías estabilidad y para avanzar debías apretar los dientes, bajar piñones, subir pulsaciones, agarrar el manillar por la parte frontal y situar tu trasero en la parte posterior del sillín si no querías acabar de bruces en el barro. Recuerdo que al salir de ese bosque pensé que si el resto de tramos eran como Arenberg llegar entero a Roubaix seria toda una proeza.

Tras este tramo cinco estrellas, las sorpresas no habían terminado aún y a medida que avanzábamos sufrimos dos pinchazos con una cubierta trasera que presentaba un desesperante corte lateral; los cantos afilados del adoquín se mostraban implacables sobre su merecida fama. Temeroso de acabar el día en el palco sin dar la vuelta final en el velódromo, los nervios y el temor a más pinchazos fueron creciendo en la segunda mitad de la prueba.

Por suerte, Tomás improvisó cubrir el interior del corte con un envoltorio de barrita a modo de capa protectora. Aun así, cada vez que salía de un tramo adoquinado frenaba y palpaba la rueda trasera esperando mantener la presión del neumático. Por lo menos lo repetí durante quince tramos de pavés donde tras minutos de agonía podía respirar y seguir adelante.

El espectáculo a mi alrededor tampoco me hacía sentir muy optimista ya que la presencia de ciclistas en la cuneta reparando pinchazos era constante y numerosos los bidones perdidos o reventados yacían en los límites de los tramos adoquinados. El Carrefour de l'Arbre fue una carnicería, especialmente las curvas. Recuerdo ver a tres ciclistas perder el equilibrio agotados de buscar la senda menos accidentada y caer tendidos a los laterales del camino.

La excitación de finalizar el último tramo adoquinado de Wiliems à Hem con el cuerpo dolorido y manteniendo la presión justa en la rueda trasera fue cómo soltar amarras para lanzarnos directos y quemar los últimos kilómetros. La llegada al velódromo se convirtió en realidad, con las manos maltratadas y con dolores en los brazos. El ambiente era intenso y podías ver como los rostros de los participantes habían dejado de lado la tensión del esfuerzo por la felicidad de terminar la jornada de la forma soñada: dando la vuelta de honor por el peralte del Velódromo de Roubaix. El resto de la jornada se desarrolló entre recuerdos y tragos de Leffe, Chouffe y Chimay; teníamos que recuperar fuerzas para volver al día siguiente y admirar como los profesionales volaban, literalmente, por encima del pavé.&nbsp

Hey, ho, let’s go

El ambiente de la París-Roubaix es diferente a todo aquello que has vivido en las grandes vueltas. La campiña francesa se llena de belgas, de autocaravanas llegadas de cualquier rincón y se tiñe con los colores de banderas que ondean a escasos metros del pavé. Grupos de amigos o familias enteras toman sitio en diferentes puntos del recorrido y los más concentrados a pie de batalla son Arenberg y Carrefour de l'Arbre. Cuando paseas por los tramos adoquinados se oyen transistores que narran la carrera en francés, flamenco y holandés.

 

La gente llega en toda clase de vehículo, cargan mesas y sillas plegables, generadores, televisores, barbacoas y sobre todo mucha cerveza, vino e incluso champán. La familia y los amigos van a pasar el día al campo, esa es la idea principal de cada grupo que habita durante unas horas en los laterales de los sectores adoquinados. De golpe, toda esa exaltación a la buena vida y las risas excesivas se vuelven un silencio tenso. Miras al cielo y a poca distancia aparece el helicóptero en el cielo dejando una nube de polvo. Llegan de golpe diez o quince motocicletas llenas de barro. De ellas bajan los fotógrafos oficiales a toda prisa e intentan conquistar esa pequeña parcela a pie de cuneta que llevas protegiendo junto a tus compañeros en las últimas horas. La gente se agolpa en los límites del camino y el silencio se tensa hasta que rompe en griterío.

Delante nuestro vuelan los escapados, los perseguidores y los restos de un maltrecho pelotón. Puedes masticar el polvo que levantan a su paso. A toda prisa la gente se concentra delante de los televisores para ver los últimos kilómetros y puedes ver en sus caras nervios o deseos de victoria. En ese momento no son conscientes de la desgracia que llega con la muerte del joven belga Michael Goolaerts. En el pódium, quien sube a lo más alto de Roubaix es Peter Sagan que levanta el trofeo en forma de adoquín mientras se diluye el griterío y se empiezan a vaciar las cunetas. La acción duró apenas unos minutos pero fue demoledora, como el famoso Blitzkrieg Bop.

 

El Team Volata cuenta con el apoyo de Tactic, Essax y Oakley.