Vía París. Etapa 19: Saint-Jean-de-Maurienne - La Toussuire - Les Sybelles

Vía París. Etapa 19: Saint-Jean-de-Maurienne - La Toussuire - Les Sybelles

Penúltima ocasión de poner patas arriba la carrera. Etapa corta, pero para nada falta de terreno. Si se sale fuerte se puede hacer muchísimo daño. Quien quiera jugársela, tiene el escenario ideal en la ascensión a la Croix de Fer.

Apuesta conservadora: Nairo Quintana.
Apuesta arriesgada: Joaquim Rodríguez.

La etapa de hoy no solamente tiene aspecto prácticamente circular (termina a pocos kilómetros de donde comienza), sino que además transita por la misma zona que el tercio final del trazado de ayer hasta el punto de recorrer durante algunas decenas de kilómetros las mismas carreteras, aunque en sentido contrario. Al poco de salir se dejarán a la izquierda los Lacets de Montvernier en lo que es el primer tramo del Col de Chaussy. Éste es, sin embargo, un puerto inédito, aspecto a celebrar puesto que al Tour se le puede echar en cara una ligera reticencia a innovar con los recorridos de montaña, acudiendo demasiado a menudo a una decena de puertos recurrentes y condenando al olvido a colosos que serían recibidos como agua fresca (¿para cuándo el Mont du Chat, por ejemplo?). Chaussy no supondrá ninguna revolución, pero aportará una dureza razonable a la jornada además de una vistosa carretera estrecha y un descenso juguetón. Poco menos que un paraíso para el cicloturista y un infierno para decenas de corredores que solo piensan en llegar a París. 

Después de este primer escollo, la carrera emprenderá una ida y vuelta por el valle de una trentena de kilómetros y pasará junto a Saint-Rémy-de-Maurienne y su lago que cuenta con un vistoso jet d’eau, un chorro de agua vertical. Nada que ver en altura con el de Ginebra, pero aun así de lo más simpático. 
Tras el único tramo llano del día, viene la mayor dificultad: escalar la Croix de Fer por el Glandon norte, es decir, subir la interminable bajada por la que ayer voló Romain Bardet. Se trata de uno de los puertos favoritos para quien escribe estas líneas, larguísimo y de dureza más constante que la vertiente que se subió ayer. ¿Recuerdan la ligera pataleta anterior acerca de la poca originalidad del Tour al escoger sus puertos? Pues cuando hablamos de la Croix de Fer por el Glandon norte, no digo ni mu.

El penúltimo plato alpino termina con la secuencia Mollard – La Toussuire, estación invernal descubierta para el ciclismo de élite hace apenas diez años, pero bastante frecuentada desde entonces. Aquí terminó una de las etapas más duras del Tour de 2012, “el de Wiggins”, aunque por lo que se vio sobre todo en esta subida, bien nos podemos referir a él como “el que debía ser el primero de Froome”. En estas rampas, el entonces gregario al servicio de Wiggo osó llevar un ritmo que incluso descolgó a su líder y digamos que la vuelta al redil del díscolo keniata no fue todo lo rápida y fluida que el ciclista mod hubiese deseado. Se cuenta que tras lo ocurrido, un Wiggins absolutamente fuera de sí, neurótico y paranoide, llegó a amenazar al equipo con irse para casa. Finalmente, como es sabido, logró amarrar ese Tour pero su relación con Froome pasó a ser inexistente, para mal, y de modo irreversible.

 

 

 

 

 

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