Vía Turín. Etapa 12: Noale - Bibione

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Una etapa radicalmente llana que puede resultar peligrosa si se confirman las posibilidades de lluvia. Al final, dos vueltas repletas de giros de 90 grados a un circuito alrededor de Bibione, importante centro turístico estival.

Apuesta conservadora: André Greipel
Apuesta un poco más arriesgada: Caleb Ewan

A pesar de contar con tres jornadas en Países Bajos, la etapa más llana de este Giro hay que buscarla en Italia. De hecho, si se me permite lanzarme a la piscina sin haber recabado exhaustivamente datos y precedentes, se puede decir que bate el récord del mundo de baja altitud. La planicie que rodea Venecia y se extiende al este hasta el río Isonzo es particularmente propicia para estas exhibiciones altimétricas inversas. De hecho aquí se desarrolló el año pasado una etapa casi gemela que le disputa este tipo de récords a la de hoy. La Montecchio Maggiore – Jesolo del 22 de mayo de 2015 gana en cuanto a menor desnivel acumulado, unos veinte metros por los cerca de cuarenta que se cuentan camino de Bibione. Aunque ojo, esos veinte metros se subían en 147 kilómetros, mientras que los cuarenta de esta vez se ganan en más distancia, en 168 para ser exactos. De acuerdo, el ratio de ganancia por kilómetro sigue siendo favorable a la de Jesolo pero, como decía, en lo que se refiere a baja altitud, se lleva el premio el parcial de hoy: un máximo de 38 metros sobre el nivel del mar en Tezze di Piave por los 55 que se alcanzaban hace prácticamente un año, aunque en ese caso se encontraban en la misma salida. Así, hoy sería conveniente que los vecinos de Tezze salieran a la calle a jalear a los corredores como si fueran los habitantes de un pueblo dolomítico, de hecho no hubiera estado nada mal que la organización, con sentido del humor, hubiera situado aquí un paso puntuable para la clasificación de la montaña.

Toda esta competición para ser la etapa con menos subidas del mundo ciclista puede parecer un inocente sarcasmo para aderezar una jornada irrelevante o carente de interés. Nada más lejos de mi intención. A mí las etapas llanas me gustan mucho. En la dosis justa, claro. No solo porqué permiten ver en acción a otro tipo de corredores y hacen que los ciclistas livianos que flotarán en las inminentes cumbres de montaña sufran un poquito. Puntualmente aprecio muchísimo el tedio en el ciclismo, es una música pautada, repetitiva, hipnótica, como la rítmica de la vanguardia alemana de los setenta. Hay que aburrirse de vez en cuando. Durante los días laborables, entre obligaciones familiares y laborales, no tenemos tiempo para ello. El tedio es esencialmente una sensación de los días de fiesta, decía Huxley. El británico se refiere a ello en relación a los auténticos viajeros, pero a mí me parece que funciona trasladado a los auténticos aficionados al ciclismo, que tienen algo de viajeros virtuales. Así que parafraseándolo, creo firmemente que el auténtico aficionado al ciclismo televisado encuentra el aburrimiento esporádico más agradable que penoso. Además de permitir que, por contraste, los momentos de intensidad brillen más, el aburrimiento es el símbolo de su libertad como espectador, de su libertad excesiva. Acepta el aburrimiento, cuando se presenta, no solo con filosofía, sino con placer. Así que, por favor, ni que sea por un día, aburrámonos.

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