Manuel Novik | 14 Jun 2026
Gravellands lleva la élite del gravel brasileño hasta la playa
Detrás de la densa niebla de Imbituba, las Terra Continental Series alumbran una escena incipiente. Lejos de las masas de Kansas o los caminos trillados de Europa, el litoral de Santa Catarina esculpe su propia identidad sobre el asfalto viejo y el barro.
A veces, el sentido de una carrera no se revela en el bullicio de la salida, sino en el silencio que inunda la meta. En Imbituba, cuando la arena y esos 160 kilómetros de pistas castigadas por la lluvia ya formaban parte del cuerpo, varios corredores se acercaron a la organización con una pregunta que encierra más valor que cualquier protocolo de podio: “¿Cuándo volvemos a correr?”.
Gravellands es parte de Terra Continental Series, toda la información del circuito en este enlace.
Juliano Gehrke evoca la escena con la satisfacción contenida de quien no busca vender una postal idílica, sino defender una filosofía de vida sobre dos ruedas. La Playa, la estación brasileña de Gravellands integrada en las Terra Continental Series, no ofreció el día luminoso y tropical que el imaginario colectivo asocia al litoral de Santa Catarina. El cielo se mostró plomizo, cerrado; el terreno, una trampa de barro denso que convirtió la jornada en un ejercicio de resistencia. “No es habitual que un ciclista, tras vaciarse durante horas, te mire a los ojos y te pregunte cuándo es la próxima aventura”, reflexiona Gehrke.

Ahí es donde habita la verdadera identidad de Gravellands. Su ambición no pasa por replicar de forma mimética los templos del gravel estadounidense, sino por cultivar algo mucho más paciente y artesanal: reunir a una comunidad que en Brasil todavía vive esta disciplina casi como un código secreto. En un territorio donde el mountain bike hegemoniza el calendario, las tiendas y las mentes, Gehrke lleva desde 2022 esculpiendo una escena propia desde el sur. Lo hace hilvanando rutas largas, trazados rodadores y una honestidad brutal en cada propuesta. El punto de partida siempre es el camino en su estado más puro; sin el postureo del cronómetro ni singletracks artificiosos.
En Imbituba, el perfil apenas dibujó dos ascensiones en un trazado mayoritariamente llano, pero la distancia y la humedad de la tierra se encargaron de poner las cosas en su sitio. Lejos de conformarse, la organización ya mira hacia 2027 con la intención de mudar la cita a marzo, buscando el último aliento del verano, y estirar el desafío hasta la barrera psicológica de los 200 kilómetros. Una promesa de más polvo, más distancia y, sobre todo, más conversación con la ruta.
La escala de Gravellands todavía es pequeña, y quizá por eso mismo resulta magnética. La Playa reunió a 115 ciclistas. En los grandes mercados globales, la cifra pasaría desapercibida; en Brasil, es un síntoma de salud y un monumento al esfuerzo logístico. En un país de dimensiones continentales, la geografía es el rival más implacable: un participante de un estado vecino puede enfrentarse a más de 800 kilómetros al volante solo para presentarse en la línea de salida.

Gehrke aprendió a leer esta realidad mirando hacia fuera. En 2022 viajó para correr Unbound, en Kansas, y se topó con el gigantismo de la meca del gravel: “participantes durmiendo a 300 kilómetros de Emporia porque las plazas hoteleras se habían evaporado”, recuerda. En el sur de Brasil la problemática es la opuesta. Hay infraestructura y servicios de sobra, pero falta densidad: ese goteo constante de ciclistas dispersos que, sumados, logran crear una masa crítica.
Por eso Gravellands rehúsa ser una mera cita competitiva y se postula como un refugio. Tras la pancarta de meta aguarda un tercer tiempo con bandas de rock, cerveza artesanal y horas de charla. “Para quien es un apasionado del gravel, que es una modalidad jovencísima aquí, el objetivo primordial es aproximar a los atletas, tender puentes”, explica el organizador.
En un calendario nacional donde el ciclismo de montaña suele encajonarse en formatos cortos de 60 kilómetros, plantarse ante 160 kilómetros de gravel es, en sí mismo, una declaración de intenciones sobre la bicicleta. “Veo que una parte de la comunidad viene estrictamente a competir en velocidad. Otra tiene como meta completar la distancia. Pero la mayoría de las personas que están ingresando ahora al gravel lo hacen seducidos por ese gen competitivo”, destaca Gehrke.

Esta última edición de La Playa dejó, además, una huella deportiva mucho más nítida. El paraguas de las Terra Continental Series actuó como un imán para corredores de otra estirpe. Eric Brusque se alzó con la victoria en un podio de quilates, seguido por nombres como André Gohr, campeón brasileño de contrarreloj y ruta, o Marcelo Barbosa, uno de los estandartes del ciclismo de ruta en Rio Grande do Sul.
El trazado de Imbituba nace desde el beso mismo de la arena playera para internar la carrera de inmediato hacia los secretos del interior. La lluvia previa alteró la textura de la pista. Es la magia de este deporte: no existen dos ediciones idénticas cuando el suelo forma parte activa de la narrativa.
Gehrke contempla este paisaje desde una atalaya singular. Pedalea sobre neumáticos anchos desde 2017, cuando el término era casi un neologismo en su idioma. Su labor desborda las tareas de un promotor al uso; es un militante de una cultura que empuja por germinar: “Es una puerta que se está abriendo al mundo. Hoy, mi propósito es fomentar y asentar esta modalidad en Brasil”.
Los detalles de Gravellands en este enlace.