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Lieja-Bastoña-Lieja 2026: Seixas viene a revolucionar

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Iskandar Hamawy Lopategi | 26 Apr 2026

Lieja-Bastoña-Lieja 2026: Seixas viene a revolucionar

Lieja-Bastoña-Lieja 2026: Seixas viene a revolucionar

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Paul Seixas no llega a la Lieja-Bastoña-Lieja para esperar su turno. Llega después de ganar la Flecha Valona y en medio de la expectativa por su debut en el Tour de Francia, dispuesto a alterar un orden que en los últimos años han definido Tadej Pogačar y Remco Evenepoel. La Decana, más que cerrarse, puede abrirse este domingo a un escenario distinto: no solo quién gana, sino cómo se gana.

La Lieja-Bastoña-Lieja alcanza su 112ª edición como algo más que el cierre de la primavera de clásicas: es un régimen que apenas ha cambiado desde 1892, cuando se disputó por primera vez. Conocida como La Doyenne, la decana del calendario, sigue ocupando un lugar singular entre los monumentos del ciclismo. Más de 250 kilómetros y un desnivel propio de una gran etapa de montaña sostienen una prueba que ha sobrevivido a generaciones sin alterar su esencia: decidir quién está preparado para ocupar el centro del poder en las Ardenas.

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Ahí es donde aparece el contexto que define esta edición. Tadej Pogačar y Remco Evenepoel representan el antiguo régimen de la carrera: entre ambos se han repartido las últimas victorias —el esloveno en 2024 y 2025, el belga en 2022 y 2023— y han fijado una jerarquía clara. Pogačar ejerce ese dominio como un Luis XIV del pelotón, un Rey Sol alrededor del cual todo orbita y cuya sola aceleración reorganiza la carrera. Evenepoel, más cercano a una figura napoleónica, no cuestiona la existencia del orden, pero sí su funcionamiento: intenta imponerse mediante estructura, control y una carrera larga donde la superioridad se construye con táctica. “Pogačar es una motivación”, admite el belga, asumiendo el reto sin negar la jerarquía establecida.

La irrupción de Paul Seixas altera ese equilibrio. A sus diecinueve años, se estrena en Lieja tras su aplastante victoria en el Muro de Huy, aunque rechaza cualquier lectura de igualdad inmediata con los nombres que dominan la era. “Es absurdo que me comparen con Pogačar”, advierte, recordando que el esloveno sigue siendo, para él, el mejor del mundo y probablemente de la historia. “Voy a la Lieja para poner a prueba mi potencia, pero no tengo su nivel”.

En esa negación también se construye la tensión. Porque el galo no se presenta como heredero ni como rival inmediato, sino como algo más inestable: una figura que avanza en la sombra de una expectativa colectiva. Su irrupción no es solo deportiva, sino también cultural; en torno a él empieza a dibujarse una idea de impulso nacional que recuerda a esas imágenes fundacionales de Francia donde la figura de Marianne, brazo en alto y pecho descubierto, simboliza una revolución que quiere acabar con el Antiguo Régimen del ciclismo.

No lo dice él, lo insinúa el entorno. La presión no es solo por ganar en Lieja, sino por encarnar después ese salto hacia el Tour de Francia que ya se le atribuye como destino antes de ser algo definitivo. “He tomado la decisión y lo anunciaré al acabar la Lieja”, repite, como si intentara mantener el control sobre un relato que empieza a desbordarle.

El francés, de forma implícita, articula una especie de declaración de derechos del nuevo ciclismo en el escenario concreto de la Lieja-Bastoña-Lieja: no como texto escrito, sino como gesto competitivo que se reconoce en la propia carrera.

Liberté es la de atacar cuando el cuerpo y el instinto lo dictan en el nuevo encadenado previo a la Côte de la Redoute, ahora precedida por el Col du Maquisard y la Côte de Desnié, que obligan a moverse antes y reducen el control del pelotón.

Égalité es el instante breve en el que los aspirantes aún coinciden tras el paso por Haussire, Wanne, Stockeu y Haute-Levée, antes de que ese bloque de desgaste empiece a romper la carrera.

Fraternité, la más frágil, desaparece cuando se entra en la zona decisiva y cada corredor queda reducido a su propio esfuerzo.

La Redoute vuelve a ser el punto donde la carrera cambia de forma, aunque ya no actúa sola, y el desenlace se desplaza de nuevo hacia la Roche-aux-Faucons, a 13 kilómetros de meta, donde puede gestarse la fractura del sistema. Porque eso es lo que plantea esta Lieja. Pogačar y Evenepoel sostienen el régimen establecido. Seixas no. Uno impone, otro regula, el tercero altera. Y en ese cruce, la Decana 2026 deja de ser solo una disputa por la victoria para convertirse en algo más incómodo: la posibilidad de que el orden que parecía estable empiece, por fin, a cambiar. Una revolución que aún no ha decidido si ya ha comenzado.

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