Dentro del Flandes más real

Redacción

10 junio, 2026

La marca de ropa ciclista Gobik llevó a sus embajadores al corazón de la clásica más mítica, el Tour de Flandes.

Flandes en abril huele a barro, a cerveza belga y a cadena engrasada. Sus carreteras no invitan, exigen. El Paterberg, el Kwaremont, los adoquines que cualquier aficionado reconoce aunque nunca haya estado allí. Este abril, Gobik dio a sus embajadores algo más que un viaje a uno de los lugares que el ciclismo ha convertido en suyos. Les dio contexto.

El grupo se encontró por primera vez en Gante un jueves por la tarde. En la habitación les esperaba un welcome pack de Gobik con los kits diseñados específicamente para el fin de semana, ropa casual y una selección de la línea de running. Prendas pensadas para cada momento de los cuatro días, desde el primer kilómetro hasta el último. «Estrenar ropa deportiva siempre es increíble. Una prenda nueva es una motivación extra», contó Sara Baceiredo nada más abrir el paquete.

Esa misma noche, antes de que Flandes mostrara su cara más dura, el grupo salió a rodar. Una ruta nocturna por las calles de Gante, organizada junto a RPM y Flanders Classics, que sirvió para conocerse, compartir los primeros kilómetros y entender que este no iba a ser un viaje cualquiera. La jornada cerró como manda la tradición belga: con patatas fritas. Y con los primeros comentarios sobre Kiko, a quien el grupo ya había identificado como el más peligroso del fin de semana. «Es español, así que le tengo un poco de miedo», admitió alguien. «Mañana hará locuras en los adoquines». Otro fue más directo: «Es un Ronaldo». No iban desencaminados.

El viernes llegó el primer contacto real con la esencia de Flandes. El grupo se desplazó hasta el Paterberg, uno de los muros más exigentes de toda la clásica, para afrontar el reto Unlock Your PB: una contrarreloj individual en la subida más corta, más explosiva y más brutal del recorrido.

Kiko Galván, exprofesional, fue el más rápido. Pero lo que recordó después no fue su marca, sino la sensación. «Subir el Paterberg como exprofesional es extraño, porque siempre lo has hecho en carrera, jadeando, sin poder disfrutar nada. Esta vez fue diferente. Disfruté cada adoquín». Mientras el grupo se recuperaba, los equipos profesionales pasaban haciendo su reconocimiento de etapa. Entre ellos, Tadej Pogačar y varios corredores del INEOS Grenadiers. Flandes ya estaba en modo carrera.

Por la tarde, los embajadores de Gobik visitaron el Centrum Ronde Van Vlaanderen en Oudenaarde, el museo dedicado a la historia de la clásica. «Te permite ver el ciclismo de cerca. Es una experiencia muy recomendable para quien ame este deporte, especialmente por las bicicletas clásicas y el foco en la historia», dijo Mark Heij a la salida.

Flandes bajo las ruedas

El sábado fue el día más largo. El We Ride Flanders ponía sobre la mesa la posibilidad de rodar los mismos sectores que los profesionales disputarían al día siguiente. Antes de partir, Kiko tuvo que volver a la habitación del hotel a buscar el dorsal. Con 18.000 participantes en la salida y uno sin identificar. Ya nos habían avisado de que era español. Cada embajador eligió su distancia: Mark y Daan se fueron a los 166 km, Albany y Kiko a los 133, Sara optó por los 79. Cada uno con su Flandes particular.

Daan Grosemans tuvo su propia aventura: adelantó a Mark en una subida, intentó cambiar de plato y la cadena se dobló. Tuvo que parar, sacar eslabones y terminar los kilómetros que quedaban con una cadena más corta de lo normal. Llegó. «Sobrevivimos», dijo. Daan es holandés. No se altera. Sara, al terminar su ruta, lo resumió mejor que nadie: «Fue increíblemente divertido e increíblemente duro a partes iguales. Rodar en Flandes es otro mundo».

Dentro de la carrera

El domingo, Flandes se transforma. Las carreteras se llenan, la tensión se palpa en el aire y el ciclismo alcanza su expresión más pura.

Parte del grupo vivió la carrera desde el Kwaremont, uno de los puntos más cargados de historia y público de todo el recorrido. Sara Baceiredo y su pareja Cristóbal tuvieron acceso a algo distinto: siguieron la prueba a bordo de un coche oficial, justo delante del pelotón, acompañados por un técnico que les explicaba en tiempo real cada movimiento, cada estrategia, cada decisión. Una forma completamente diferente de entender lo que ocurre dentro de una clásica.
«Este fin de semana en Bélgica ha sido muy especial. He disfrutado mucho de la gente, los adoquines y el ciclismo en sí. Y es mucho decir, porque me he pasado la vida encima de una bici, pero esta vez fue diferente», contó Kiko al final de los cuatro días.

Lo que define una experiencia como esta no son solo los kilómetros ni los muros ni las carreras. Es lo que ocurre entre medias. Las conversaciones, las bromas, el grupo que se construye entre personas que no se conocían y que de repente comparten adoquines, frío belga y patatas fritas a medianoche. Flandes como escenario, Gobik como hilo conductor.

Porque hay marcas que equipan a los ciclistas. Y hay marcas que entienden lo que el ciclismo significa.