Texto: David Rovira I Fotos: David Rojas | 04 Jun 2026
El Kilómetro Cero, Madrid-Andorra: ultradistancia sofocante
Hace escasos días, el 27 de mayo, arrancó una nueva edición de El Kilómetro Cero. El orígen es siempre el mismo, la madrileña Puerta del Sol. En este popular emplazamiento nace el sistema radial de carreteras español y es el centro del paraguas y punto de partida de muchos trayectos hacia el extrarradio del país. Esta es la razón por la que este evento organizado por Miguel Silvestre toma prestado el nombre de El Kilómetro Cero, un reto de ciclismo de ultra distancia que ya va por su sexta edición
En anteriores ediciones se llegó hasta Finisterre, Cap de Creus, Hondarribia, Tarifa, el portugués Faro da Roca… y en la presente edición se diseñó un recorrido, mucho más exigente de lo que aparentemente se podía intuir, de 720 km y casi 10.000 metros de ascenso hasta el corazón de Los Pirineos, en el principado de Andorra. Esta fué mi tercera participación en este singular evento. El viaje hasta Finisterre en 2021 y Cabo da Roca el año pasado eran mi bagaje anterior, dos aventuras que han tenido un significado muy especial.
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Poder recorrer territorios que desconozco en bicicleta es palpitante. Es la excitación que genera afrontar lo desconocido. Una mezcla de temor, incertidumbre y sospecha. Todas estos sentimientos me dan vida y alimentan mi espíritu durante un tiempo. Si además lo puedo hacer a mi manera (intentado estar poco tiempo) todavía mejor. Siempre digo que estos recorridos tan largos es mejor acabarlos cuanto antes mejor, de otra forma se me hacen eternos. Pero esto es sólo mi percepción y opinión personales. Cada uno lo afronta cómo quiere, a su manera, con su propio tempo y sus necesidades. Todas las maneras son válidas, no hay una mejor que la otra. Si esto no es libertad….

Muy pronto,a las 6 de la mañana y con las calles de Madrid desperezándose, un centenar de ciclistas a caballo de bicicletas gravel abandonamos la capital hacia su periferia oriental. Tras unos 40 kilómetros de callejeo, ciudades, polígonos... Entramos en las primeras pistas mesetarias, siempre con rumbo este.
Un amable terreno ondulado y abierto nos permitió abandonar la comunidad autónoma madrileña y progresar hasta tierras de Castilla La Mancha.
Los paisajes mesetarios fueron unos buenos compañeros de viaje para ir avanzando, con media de velocidad altas, hacia tierras aragonesas. En Alhama de Aragón, tras 237 km, hice mi primera parada. Devoré un burrito que cargaba desde la salida. Acompañado por agua con gas (un fijo en mis días largos) y una Coca Cola (solo la tomo en ocasiones que lo merezcan) puse rumbo al embalse de La Tranquera. Su líquido rebosante me llamaba con insistencia. Un baño habría sido un bálsamo para mitigar la azotante e intensa calor que nos castigaba desde hacía unas horas. Las exageradamente altas temperaturas para esta época del año, ya no nos dejarían de lado y serían un condicionante fisiológico clave para el resto de ruta.
Entre las poblaciones de Nuévalos y Cariñena tuve que superar tres ascensiones importantes, en desnivel y distancia. Era terreno más lento y había que remar con ganas para avanzar y no morir en el intento.

Hasta este punto había rodado en compañía de César Mato —a la postre ganador de esta edición de El Kilómetro Cero— y con un grupo de cuatro corredores, Ino Serra entre ellos. A partir del enclave vinícola de cariñena ya continué en absoluta solitud hasta la meta pirenaica.
El sol ya en su tramonto empezaba a darme un respiro y mi cuerpo iba pasando a modo nocturno. Unos kilómetros antes de llegar a Zaragoza, ya en el km 370, puse en marcha el sistema de alumbrado. Pocos metros antes de cruzar el río Ebro había un punto intermedio dispuesto por la organización, donde pude recoger algo de comida y material de mi bolsa personal.
Era el momento de penetrar en los temidos Monegros. Por fortuna mía y sabiendo de la previsión meteorológica para el día siguiente, que de nuevo pronosticaba temperaturas que rozarían los 40 grados, crucé este famoso desierto en absoluta penumbra. Sólo yo y multitud de conejos que asaltaban la carretera. En más de una ocasión tuve que esquivar los ataques lepóridos y evitar acabar en la cuneta.
Una breve pausa de 20 minutos para dormir e intentar que desapareciese el mareo de estómago que hacía horas que arrastraba. Dormir en esta ocasión no respondía a mitigar el sueño, sino a hacer un reset corporal y pasar página al aturdimiento estomacal. De nuevo se hizo la luz y otra jornada de altísimas temperaturas me esperaba. A estas alturas de recorrido no era fácil ingerir barritas, geles y demás preparados energéticos. El estómago pedía comida real. El desayuno en Barbastro fué rápido y no muy copioso. De nuevo agua con gas, Coca Cola y café. Un bocadillo de tortilla y uno de queso para media mañana.

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Iba dejando atrás las últimas poblaciones aragonesas; Monzón, Tamarite de Litera y por fin Alfarrás. Ya casi en casa. Las pistas y carreteras catalanas empezaban a calentarse y los continuos repechos iban castigando mi cuerpo ya bastante perjudicado. Estaba en terreno conocido y sabía lo que me esperaba, un continúo sube y baja con un final infernal y con calor, mucha y demasiada calor.
Parada a media mañana en una ardiente Balaguer para recuperar fuerzas, hidratarme y meter calorías al cuerpo y bajar la temperatura del radiador, a punto de ebullición. En ese momento mi aspecto era el de un vagabundo en bicicleta. Mi cara desencajada, la piel quemada, mis ojos hundidos y un dolor corporal invisible pero presente me acompañaron hasta el final de este duro camino.

Desde Artesa de Segre el recorrido empezaba a complicarse y endurecerse seriamente. El recóndito y remoto río Rialb era la antesala de la última gran escalada del día y de la ruta. Unos 1.600 metros de desnivel, con tramos muy rotos de piedra suelta que me obligaron a poner el pié a tierra en diversas ocasiones y que ralentizaban la marcha mucho más de lo que yo mismo habría deseado. El miedo a padecer un golpe de calor era presente y anduve con mucho cuidado para evitarlo. Una parada a la sombra a tiempo era la solución. Lo hice sin dudarlo y antes de deambular por las tiesas rampas rocosas de Gavarra.
Una larga y rota bajada hasta Coll de Nargó, abastecimiento en el mini super local y continuar hacia La Seu d’Urgell y finalmente la meta andorrana.
Fueron un total de 41 horas de viaje. Delante de mi solo el vallisoletano César Mato. Detrás mío el resto de aventureros que, cada uno a su manera, disfrutaron y sufrieron El Kilómetro Cero 2026, como yo mismo. Mi tercera aventura desde el kilómetro cero peninsular.
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Fotos de David Rojas



