Iskandar Hamawy Lopategi | 04 Jun 2026
Giro d'Italia 2026: Vingegaard ya tiene la triple corona
Jonas Vingegaard es el nuevo dueño de la Triple Corona. Tras sus dos Tours de Francia y la Vuelta de 2025, el danés ha cruzado la meta de Roma con la maglia rosa en el bolsillo y su nombre grabado junto a Anquetil, Gimondi, Merckx, Hinault, Contador, Nibali y Froome en el exclusivo club de los que han ganado las tres grandes vueltas. Lo ha hecho en su debut en el Giro, con cinco victorias en seis finales en alto, sin perder ni una sola vez en montaña en toda la temporada. Felix Gall ha sido segundo a 5:22 y Jai Hindley tercero a 6:25.Si el relato del Giro 2026 fuera únicamente el de Vingegaard, tendríamos una crónica de dominación casi aburrida. Pero el Giro nunca es solo una historia. Esta edición ha tenido dos almas: la del campeón inalcanzable y la de todos los demás, que han hecho de la carrera algo mucho más grande que su ganador.
El rey que vino del norte
Debutar en el Giro con la intención declarada de ganar, completar la Triple Corona y demostrar que eres el mejor ciclista del mundo —con permiso de Pogacar— requiere o mucha inconsciencia o una certeza absoluta en las propias posibilidades. Vingegaard acudió a la corsa rosa con lo segundo.
Ya en el Blockhaus, primera gran montaña de la edición, la carrera mostró su cara definitiva: cuatro ataques, uno detrás de otro, hasta que los rivales cedieron. Se giró y solo vio sombras. Así sería siempre. El Blockhaus fue solo el comienzo. Después vinieron el Corno alle Scale, donde los cronistas italianos escribieron que nunca le habían visto tan fuerte y tan seguro de sí mismo. Pila, en el Val de Aosta, donde tomó la maglia rosa por primera vez y se limitó a atacar a 4,6 kilómetros de la cima porque le apetecía. Carì, en Suiza, quizás su mejor actuación del Giro: salida a 6,6 kilómetros, Gall aguanta treinta metros, luego la nada. Piancavallo, el último recital, donde estuvo tan cerca del récord de escalada de Pantani que dedicó el kilómetro final a mandar besos al público y a la familia. Cinco finales en alto, cinco victorias. El sexto, Piani di Pezzè, se lo regaló a Sepp Kuss.
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La comparación con Pogacar, inevitable, arroja datos que ponen en perspectiva lo que ha ocurrido este mayo en Italia. En los últimos cincuenta años, solo dos ciclistas no catalogados como velocistas han ganado cinco o más etapas en una misma edición del Giro: Pogacar en 2024 y Vingegaard en 2026. Dos corredores de época. Pogacar terminó con 9'56'' sobre el segundo clasificado —el mayor margen del siglo XXI en una gran vuelta— y Vingegaard con 5'22''. La diferencia no es de nivel sino de objetivos: el danés ha gestionado cada jornada con el Tour de julio en mente, reservándose. Solo en Piancavallo dio la sensación de exigirse al máximo.
La maquinaria detrás de Vingegaard merece capítulo propio. Victor Campenaerts marcando el ritmo en el llano, Sepp Kuss como gendarme avanzado, y sobre todo el joven Davide Piganzoli como lanzador perfecto en los últimos kilómetros de cada subida. Hasta el propio Vingegaard lo reconoció en Carì, donde Piganzoli terminó sexto y festejó en meta como si hubiera ganado él: "Hace un trabajo extraordinario, me gustaría que ganase el maillot blanco." El deseo de un campeón que, en su dominio, encontraba espacio para pensar en los demás.

¿Habría sido diferente con un UAE más completo? La pregunta es legítima. El equipo emiratí llegó al Giro sin Almeida ni Del Toro, y en la segunda etapa en Bulgaria perdió a Yates, Vine y Soler por las caídas. Salieron de la Grande Partenza con cinco corredores. Que Vingegaard no haya tenido rivales de su nivel en la montaña tiene una explicación estructural, no solo deportiva. Pero visto cómo escaló, cuesta imaginar que la presencia de cualquier rival hubiera cambiado el resultado. Él mismo lo puso en palabras en Roma, ya con el Trofeo Senza Fine en las manos: "Solo ahora me siento haber vuelto a ser el de antes, o incluso mejor que antes. A lo largo de estas tres semanas me he sentido renacer." Y sobre lo que significa ganar con un equipo: "El ciclismo no es como la PlayStation. No es un videojuego donde se usan botones. En este deporte la diferencia se hace con el empuje en las piernas. Sin embargo, con el equipo conseguimos controlar el Giro a la perfección."
La maglia rosa tiene nombre propio
Hay un nombre que este Giro no olvidará. Afonso Eulálio, veintidós años, portugués, la gran revelación de la edición 2026. Un corredor del Bahrain que nadie esperaba como protagonista y que acabó siendo el alma de la primera quincena: nueve días con la maglia rosa, la maglia bianca hasta Roma.
El luso ha compartido protagonismo con el ecuatoriano Jonathan Narvaez. En enero, en el Tour Down Under, se cayó y se fracturó varias vértebras torácicas. Acudió a Italia con pocas carreras en las piernas y se marchó —antes de tiempo— con tres victorias de etapa: Cosenza, Fermo, Chiavari. El Lagarto se convirtió en el más victorioso de su nación en la historia del Giro, superando a Carapaz.
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Pero hay más protagonistas en este apartado. Guillermo Thomas Silva, venticuatro años, primer uruguayo en la corsa rosa en ganar una etapa y vestir el jersey de líder. Salió de la Grande Partenza de Bulgaria vestido de rosa y puso a su país en primera página del ciclismo mundial. Piganzoli, que terminó octavo de la general siendo gregario y que en cualquier otro equipo habría sido candidato al podio. Giulio Ciccone, que no ganó ni una etapa a pesar de haberlo intentado en cada subida importante, y que se fue de Roma con la maglia azzurra como único trofeo de una carrera llena de coraje y vacía de suerte. La segunda azzurra para el del Lidl-Trek, después de la de 2019.
La expedición española
Igor Arrieta entró en la carrera por la puerta pequeña y se marchó por la grande. El navarro de UAE, veintitrés años, protagonizó en Potenza el final más inverosímil de la historia reciente del Giro y el resto de la carrera lo completó con la entrega de quien sabe cuál es su papel en un equipo diezmado.

Movistar presentó a Enric Mas como su gran baza. El resultado fue el inverso al esperado: el colombiano Einer Rubio fue el único del equipo que dio verdaderamente la cara en las jornadas de alta montaña, animando fugas y llegando al pie de los últimos puertos con opciones reales. Mas, en cambio, no pasó del Blockhaus sin acusar el desgaste. Ocho meses sin competir antes del Giro dejaron una factura que ningún entrenamiento podía anticipar. Eusebio Unzué lo dijo con la crudeza que da la confianza: "Los test hay que hacerlos en carrera, que es donde vale, y en este caso la nota lógicamente ha sido un suspenso", comentó en una entrevista al diario As.
David de la Cruz fue el mejor corredor nacional en la clasificación general (14º), dejando caer que esta puede ser su última temporada como profesional. El debutante Markel Beloki prometió más de lo que entregó, diluyéndose a medida que avanzaban las semanas. El balance español de este Giro tiene un héroe claro —Arrieta—, dos trabajadores honestos —Rubio y De la Cruz— y una deuda pendiente con nombre propio: Mas.
La guerra de los esprints
Paul Magnier tiene veintidós años y ya sabe lo que es ganar tres veces en el Giro. Además se lleva la maglia ciclamino de esta edición. Narváez le apretó las tuercas durante dos semanas. Pero, tras la retirada del ecuatoriano en la etapa reina, el francés se quedó sin rival real en la lucha por la regularidad. Tres victorias de etapa y una ciclamino que lo consolidan como uno de los velocistas emergentes del pelotón mundial.
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La otra cara es Jonathan Milan. El italiano de Lidl-Trek llegó como favorito y pasó tres semanas siendo batido por Magnier en los sprints directos. Pero en Roma, en el Circo Massimo, se cobró su venganza. Lanzado a la perfección por Sobrero y Walscheid, arrancó a 300 metros y ganó por distancia, con toda la rabia acumulada en veinte jornadas de frustraciones. La primera y única victoria de su equipo en este Giro, y la más prestigiosa de todas. V
elocistas como Groenewegen y Tobias Lund Andressen han pasado de puntillas por la carrera, y Groves y De Lie abandonaron en los primeros días por las caídas de Bulgaria y del sur de Italia. El Giro devora a los esprinters antes de que puedan asomar la patita.
Un Giro de Fellini
El neorrealismo italiano nos enseñó que la realidad, bien contada, no necesita adornos. Rossellini, De Sica, la cámara en la calle y la vida tal cual. Pero este Giro no ha sido neorrealismo. Este Giro nos ha mostrado a Fellini: excesivo, surreal, lleno de personajes imposibles y situaciones que ningún guionista sensato se atrevería a firmar.
Empecemos por Potenza. Igor Arrieta lleva la escapada con Eulálio cuando a 13,5 kilómetros de meta se cae. Se levanta, persigue, alcanza al portugués. Entonces se equivoca en una bifurcación y tiene que dar marcha atrás. Se vuelve a levantar, vuelve a perseguir, vuelve a alcanzar a Eulálio —que también se ha caído mientras tanto— y le gana el esprint. Dos caídas, un giro en falso, primera victoria World Tour de su carrera. Hay guionistas que no se atreven a tanto.

En Nápoles, la lluvia había convertido los adoquines en una pista de hielo cuando dos jóvenes de San Vitaliano decidieron que sería buena idea extender las manos en medio de la carretera con el pelotón a más de 50 km/h. Eulálio, en rosa, fue el primero en recibir el golpe. Alberto Bettiol lo resumió desde atrás: "No se dan cuenta de la velocidad a la que vamos. Si nos llegan a pillar, nos hacemos daño todos." Los dos jóvenes acabaron identificados, denunciados y con una prohibición de acceso a eventos deportivos.
Durante el segundo día de descanso, Eulálio recibió una llamada de un número desconocido. Con el teléfono desbordado de mensajes desde que vestía la rosa, pensó que podría ser un periodista y no contestó. Era el presidente de Portugal.
En la etapa 15, en Milán, Enrico Zanoncello propinó un cabezazo a un rival en los últimos kilómetros. Descalificación inmediata, multa de 500 francos suizos y tarjeta amarilla. Su equipo no recurrió.
Michael Valgren logró en Andalo su primera victoria en una gran vuelta y al cruzar la meta sacó del bolsillo un medallón de abalorios hecho por sus hijos: un Pokémon verde con puntitos rosas. Lo llevaba consigo en las grandes vueltas cuando sentía que podía ganar. Lo había estrenado el año pasado en el Tour. No funcionó. En Andalo, sí.
Y después llegó el comunicado más insólito del Giro. Tras la novena etapa, la UCI tuvo que recordar al pelotón que un bidón vacío no es un urinario. La advertencia, casi absurda, tiene sin embargo un fin muy concreto: esos mismos bidones que se lanzan al borde de la carretera son el pequeño tesoro de los niños que esperan la carrera. Hay algo casi felliniano en que el ciclismo necesite recordarse a sí mismo, por escrito, lo evidente.

Fotos de RCS / Giro d'Italia
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