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Ocho vueltas a la nostalgia italiana y una ciudad que sigue soñando

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Manuel Novik | 02 Jun 2026

Ocho vueltas a la nostalgia italiana y una ciudad que sigue soñando

Ocho vueltas a la nostalgia italiana y una ciudad que sigue soñando

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Andrea no sabía quién vestía la maglia rosa. Lo preguntó mientras compartíamos mesa en una pequeña ostería de Pigneto, un barrio que rara vez aparece en la postal clásica de Roma. Lejos del Coliseo, de la Fontana di Trevi y de las hordas de turistas, este rincón del este de la ciudad conserva una identidad propia construida entre edificios populares, grafitis, mercados, bares frecuentados por vecinos y tabernas donde la comida sigue siendo una costumbre cotidiana antes que una experiencia diseñada para visitantes. El local estaba lleno. Trabajadores terminando la mañana, jubilados, grupos de amigos y vecinos habituales ocupaban prácticamente todas las mesas. Así apareció Andrea, un romano que reconoció mi castellano antes incluso de preguntarme de dónde venía. “Buen provecho”, dijo antes de contar que había vivido cerca de Barcelona y que durante años había salido en bicicleta de montaña hacia Montserrat.

Cuando llegaron los ñoquis, la conversación derivó rápidamente hacia las virtudes italianas. “Es lo único bueno que nos queda: la comida y nuestra historia”, bromeó entre risas. Después apareció el Giro. “¿Y quién va ganando?”. La pregunta sorprendía porque, a pocos kilómetros, la carrera estaba a menos de 24 horas de terminar, pero Andrea parecía mucho más interesado en hablar de corredores históricos que de clasificaciones. Primero apareció Marco Pantani. “Era incansable”, recordaba. Después llegó el turno de hablar de Vincenzo Nibali y, con él, los recuerdos de una época en la que Italia acostumbraba a producir campeones capaces de monopolizar la conversación nacional durante tres semanas. “Ahora tenemos buenos corredores, pero no es lo mismo”. Se nota incluso en los periódicos: antes ocupaban las portadas y ahora el Giro aparece apenas en un pequeño recuadro rosa. 

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El día de la última etapa, Roma se transforma. La llegada del Giro no es únicamente una carrera ciclista; es una fiesta repartida por toda la ciudad. Desde primera hora de la mañana, miles de aficionados se acercan a las actividades organizadas alrededor del evento. El festival cultural y comercial Giroland reúne a familias, curiosos y seguidores del ciclismo en la Piazza del Popolo, en pleno corazón de la capital. El Family Ride invita a recorrer las calles sobre dos ruedas antes de la llegada del pelotón profesional. 

Dentro de esa celebración también encuentra su espacio el Giro-E, la iniciativa paralela que permite a corredores aficionados recorrer parte del trazado de la etapa sobre bicicletas eléctricas. Entre ellos estaba Gianni Bugno, aunque costaba distinguirlo del resto de participantes. No había cordones de seguridad ni una distancia evidente entre el campeón y la gente. El ganador del Giro de Italia de 1990 conversaba, posaba para fotografías y compartía la jornada con la naturalidad de quien sigue sintiéndose parte del pelotón. “Lo bonito del Giro-E es que estás en contacto con la gente, aunque sigue siendo una prueba muy exigente”, explicó el italiano a Volata. Después habló de Roma. “Es una ciudad única. Verla en bicicleta es todavía mejor”. Durante unas horas, una de las ciudades más congestionadas de Europa quedaba reservada para las bicicletas. El tráfico desaparecía y las avenidas cambiaban de dueño. La conversación terminó derivando hacia la actualidad del ciclismo italiano. Bugno mencionó a Jonathan Milan. “Esperamos mucho de él”. La frase conectaba directamente con la conversación mantenida el día anterior en Pigneto. Italia sigue produciendo talento. Lo que sigue buscando es a su próximo gran referente.

Foto: Luca Bettini/SprintCyclingAgency©2026

Horas después llegó la carrera. La televisión muestra el circuito final de Roma como un desfile de imágenes espectaculares. Desde la carretera, la experiencia es mucho más física. El ruido llega antes que los corredores. Después aparece el pelotón, compacto y preciso, avanzando a una velocidad difícil de comprender hasta que se observa desde pocos metros. Las ocho vueltas al circuito permiten contemplar detalles que rara vez se perciben desde una pantalla. La carrera cambia constantemente de forma. En un paso aparecen los fugados intentando prolongar unos kilómetros más su aventura. En el siguiente, el pelotón reorganiza la persecución. Más tarde son los equipos de los velocistas quienes asumen el control. La carrera se estira, se encoge y vuelve a compactarse. Algunos corredores todavía conservan frescura. Otros exhiben en el rostro el desgaste acumulado de tres semanas atravesando Italia. Los “trenes” de cada equipo aparecen y desaparecen entre las curvas del circuito. Cada paso ofrece una lectura diferente de la misma carrera. Y alrededor permanece Roma. El Coliseo observa el paso de los corredores una y otra vez, las avenidas se llenan de aficionados y las terrazas se convierten en improvisadas tribunas.

Tras la esperada victoria de Milán, la ceremonia final en el Circo Massimo añadió una última capa a la historia. Allí, bajo uno de los tantos escenarios monumentales de Roma, desfilaron algunos de los nombres que habían marcado las tres semanas de carrera. Entre ellos estaba Damiano Caruso, distinguido como el corredor más combativo del Giro. A sus treinta y ocho años, el siciliano, que seguirá vinculado al Bahrain Victorious como director deportivo la temporada que viene, recibió el reconocimiento visiblemente emocionado. “Han sido tres semanas llenas de emociones intensas, desde el primer día hasta esta última etapa en Roma. Vivirlo aquí ha sido algo mágico”, dijo en declaraciones recogidas por su equipo. 

Las palabras de Caruso adquirían todavía más sentido observando el recorrido de Bahrain Victorious durante las tres semanas. El triunfo de etapa de Alec Segaert, la conquista de la Maglia Bianca por parte del siempre sonriente Afonso Eulálio y el protagonismo constante del propio Caruso habían convertido la carrera del equipo en un ejercicio colectivo de resistencia. 

El último en subir al podio fue el danés Jonas Vingegaard, vencedor del Giro d'Italia 2026. Lo hizo acompañado por sus dos hijos, en una imagen íntima que contrastaba con la dureza de las tres semanas anteriores y que provocó una de las mayores ovaciones de la tarde. Cuando Milan levantó los brazos en Roma, la victoria tuvo un significado que iba más allá de una simple etapa para velocistas. No resolvía las comparaciones inevitables con los campeones del pasado ni respondía definitivamente a las expectativas depositadas sobre el ciclismo italiano, pero encajaba perfectamente en la conversación que la ciudad parecía haber sostenido durante todo el fin de semana. Andrea había recordado a Pantani. Bugno había hablado de las esperanzas depositadas en los nuevos corredores. Caruso había representado la dignidad de los veteranos. Mientras los aficionados abandonaban el Circo Massimo y Roma recuperaba lentamente su ritmo habitual, Italia seguía celebrando a sus viejos campeones y soñando con los nuevos.

Fotos de RCS / Giro d'Italia

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