Texto: Olga Àbalos I Fotos: Apper Studio | 22 Apr 2026
Gran Tour de Catalunya Gravel: una experiencia sensorial a medida
Si el ciclismo de carretera nos acerca al paisaje, el gravel nos sumerge en él. Esta disciplina ha redibujado nuestra forma de explorar, transformando la bicicleta en una herramienta para descubrir la trastienda y lo menos visible de un territorio. Bajo esta premisa nace el Grand Tour de Catalunya Gravel, un proyecto que recupera el espíritu de los primeros grandes viajes del siglo XIX con la intención de ampliar horizontes, adquirir conocimientos nuevos y estar en contacto con otras culturas. En este caso, el gravel permite abrazar ese gran viaje sin tener que irse a la otra punta del mundo. Alejarse de las carreteras permite tener una experiencia sensorial y profundizar con lo cercano y aplicarlo a una red de caminos, pistas y carreteras secundarias que nos ayudan a sumergirnos en el territorio.
Más que un recorrido cerrado, el Grand Tour de Catalunya Gravel se proyecta como un mapa abierto. No existe una única forma de abordarlo: sus 2.498 kilómetros están diseñados para una filosofía slow, permitiendo al ciclista fragmentar la experiencia en escapadas de fin de semana o incluso transformarlas en una ambiciosa travesía de bikepacking. Es un itinerario a la carta que puede iniciarse en cualquier punto y donde el objetivo no es la velocidad, sino el entorno: el aroma del viñedo, el silencio del prepirineo o el eco del mar en los acantilados.
Las cifras finales son ambiciosas. Si se hiciera todo el recorrido, se acumularía un imponente desnivel de 40.918 metros a lo largo de 42 etapas. La diversidad de superficies es el reflejo de una geografía compleja: un 46,9% de pistas de tierra, un 50% de asfalto secundario. El resto, casi 90 km de vías verdes y carriles bici. Con una media de 62,7 km por jornada, el proyecto logra conectar la horizontalidad del Delta de l'Ebre o las llanuras de Lleida y la verticalidad de los Pirineos.
Tramo 1: De Barcelona a Tarragona — Viñedos con sabor a mar
8 etapas. Recorrido: 481 km, +8.316 m
El inicio de una travesía larga suele ser un ejercicio de descompresión, especialmente si se sale de una gran urbe como Barcelona. Desde la popular Carretera de les Aigües se puede observar la cuadrícula urbana desde una distancia prudencial, mientras se van descubriendo los senderos del Parc Natural de la Serra de Collserola que rodea la ciudad y ejerce de frontera natural. La primera jornada ya marca el tono del tramo, con alrededor de 1.300 metros de desnivel positivo, combinando carriles bici, carreteras tranquilas y pistas de tierra mientras el itinerario se aleja progresivamente del ruido urbano. El paso hacia el Vallès Occidental, atravesando pequeños núcleos como Sant Bartomeu de la Quadra, introduce al ciclista en una Catalunya antigua, de masías, encinares y rieras secas, un paisaje de tierra compactada y sombras que conduce sin dificultades hacia Terrassa.
El paisaje gana verticalidad en la segunda jornada al enfilar el Coll d'Estenalles, dentro del Parc Natural de Sant Llorenç del Munt i l'Obac. Con cerca de 1.400 metros de desnivel acumulado, esta etapa vuelve a exigir piernas mientras asciende hacia las paredes de conglomerado de La Mola y el Montcau. El descenso posterior, que serpentea hacia Talamanca y su castillo, abre panorámicas amplias sobre el macizo antes de dejar paso a las llanuras agrícolas de la comarca del Bages.
A partir de aquí el paisaje se vuelve más rural. Los caminos de grava cruzan campos de cultivo y pistas elevadas que permiten leer con claridad la geografía de la comarca mientras el itinerario avanza hacia Navarcles y Navàs. Tras algunas jornadas más rodadoras, llega uno de los momentos más representativos del tramo: la cuarta etapa, con más de 1.400 metros de desnivel positivo y 53 km de pistas de tierra. Es una jornada silenciosa, marcada por largas pistas que serpentean entre bosques, masías dispersas y paisajes abiertos. La sensación de aislamiento es muy potente en este segmento.
La ruta se adentra entonces en un territorio de transición hacia el Prepirineo. La subida desde Navàs hacia Serrateix y el entorno del Pantà de Sant Ponç está marcada por la amplitud del paisaje y el silencio de los caminos. El embalse, encajado entre pinos, actúa como un espejo que rompe la monotonía del bosque antes de alcanzar Solsona. Desde aquí, el pedaleo hacia Cardona, donde es imposible no notar la presencia de su castillo del siglo IX y la misteriosa Montaña de Sal. El descenso posterior por el valle del Cardener, pasando por Súria y Callús, conduce finalmente hasta Manresa.
En este punto aparece en el horizonte una de las siluetas más reconocibles del territorio catalán: el macizo de Montserrat. Sus agujas de piedra conglomerada son un impacto visual, pero también una transición geográfica hacia el Penedès, una zona con un microclima propio que hace siglos se descubrió propicio para el cultivo de la viña. Ahí la pista de grava se vuelve clara y polvorienta, flanqueada por hileras de viñedos que se extienden hacia Sant Sadurní d'Anoia y Vilafranca del Penedès.
El tramo final introduce un nuevo contraste paisajístico al atravesar el relieve calizo del Parc Natural del Garraf. El descenso hacia Sitges recupera de nuevo el horizonte marino, antes de que la ruta continúe hacia el sur bordeando el entorno del Pantà de Foix, dominado por el castillo de Castellet. Entre viñedos, olivares y pequeños pueblos, el itinerario se dirige finalmente hacia Tarragona. Allí, frente al Mediterráneo, las murallas y el anfiteatro de la antigua Tarraco romana cerca del mar ofrecen un cierre cargado de historia.
Tramo 2: De Tarragona a Lleida — Poner en valor la llanura
8 etapas. Recorrido: 460 km, +5.961 m
Con jornadas que en muchos casos rondan o superan los 70 kilómetros, este bloque del recorrido dibuja una transición progresiva desde el Mediterráneo hasta las grandes llanuras agrícolas del interior. El viaje prosigue hacia el sur desde Tarragona con un diálogo constante con el mar. El sonido de las olas acompaña las primeras pedaladas mientras la Costa Daurada se despliega como un corredor en el que convive la herencia romana con el carácter marinero de pueblos como Cambrils. El terreno aquí es amable y bueno para rodar: carriles bici, carreteras secundarias y pistas agrícolas que atraviesan campos de olivos y algarrobos. Algunas etapas en esta zona incorporan hasta un 30% de vías verdes o carriles bici, lo que permite avanzar con fluidez por este paisaje mediterráneo con una luz especial, incluso cuando el camino se adentra brevemente en ciudades como Reus.
La geografía cambia al llegar a L'Ampolla. Allí el paisaje rocoso del litoral se abre de repente hacia la llanura absoluta del Parc Natural del Delta de l'Ebre. El gravel pasa a ser un juego que transcurre por pistas infinitas entre arrozales, canales de riego y lagunas como la Bassa de les Olles o la Encanyissada. El pedaleo se vuelve casi como un mantra y con pinceladas místicas: el cielo se refleja en los espejos de agua, las aves dominan el horizonte y el viento marca el ritmo mientras la ruta cruza el Ebro en Deltebre antes de dirigirse hacia Amposta y finalmente Tortosa.
Desde allí el relieve cambia bruscamente de nuevo. El itinerario abandona la llanura del Delta y se adentra en las primeras montañas del interior. La subida hacia el macizo del Montsagre, dentro del Parc Natural dels Ports, introduce una de las jornadas más exigentes del tramo, con más de 1.300 metros de desnivel positivo en apenas medio centenar de kilómetros. El terreno se vuelve abrupto, calcáreo, cubierto de pinos, y las vistas se abren hacia las sierras de Cardó-el Boix.
El descenso posterior conduce hasta Horta de Sant Joan, puerta de entrada a un paisaje de formaciones rocosas muy especiales. Desde aquí la ruta recupera un ritmo más fluido aprovechando la antigua infraestructura ferroviaria de la Vía Verde de la Val de Zafán, con un tramo muy placentero y agradable.
La transición hacia el Priorat se percibe en la aparición de las primeras viñas en terraza bajo la presencia constante de la Serra del Montsant. Es un territorio de geografía mineral y pueblos encaramados donde el esfuerzo vuelve a hacerse notar. Aquí tenemos una etapa exigente, que alcanza casi 90 kilómetros y cerca de 1.800 metros de desnivel positivo, cruzando paisajes duros y espectaculares antes de acercarse al entorno histórico del Monestir de Santa Maria de Poblet.
Tras superar la Serra del Tallat, las montañas se diluyen poco a poco al entrar en la Plana de Lleida. Las pistas se vuelven más anchas y rápidas, atravesando las comarcas agrícolas de Urgell y Segrià. En este sector final, el gravel vuelve a ganar protagonismo: una de las últimas jornadas discurre con más del 80% del recorrido por caminos de tierra, avanzando entre canales de riego, campos de cereal y plantaciones frutales.
El último gran paisaje aparece en el Estany d'Ivars i Vila-sana, refugio de biodiversidad en medio de la llanura. Desde allí, las pistas agrícolas conducen directamente hacia Lleida, donde la silueta de la Seu Vella de Lleida se alza sobre la ciudad como un faro de piedra. Tras atravesar el litoral, el delta, las montañas del sur y las grandes llanuras agrícolas de Ponent, este segundo tramo del Grand Tour de Catalunya Gravel confirma la enorme diversidad paisajística del sur catalán.
Tramo 3: De Lleida a La Seu d'Urgell — Grandes cimas pirenaicas y paisajes abiertos
8 etapas. Recorrido: 491 km, +11.331 m
Entramos en esta tercera sección desde la llanura del Segre hasta los picos del Prepirineo y la Val d'Aran, ofreciendo un contraste constante entre horizontes abiertos y montaña imponente. La transición hacia esa verticalidad se inicia al dejar atrás la plana del Segre. Tras un tramo inicial llano por la Ruta dels Llacs, la etapa 17 marca el cambio de escala al subir hacia Àger. Pero es en la etapa 18 donde el Pirineo muestra su verdadera cara: el ascenso al Coll d'Ares (1.534 m) supone superar casi mil metros de desnivel en una sola subida, antes de descender hacia el Pallars Jussà. A partir de aquí, las cifras se mantienen constantemente por encima de la media; jornadas como la 19 y la 22 superan los 1.300 y 1.400 metros de desnivel respectivamente, conectando los valles de la Alta Ribagorça con la Val d'Aran.
La etapa 21, aunque más corta en distancia, es una pieza clave de este bloque: el ascenso al Port de Varradòs (2.049 m) sumerge al ciclista en la esencia aranesa de bosques húmedos y cascadas como el Saut deth Pish. El gravel aquí permite ser más explorador que nunca, porque es la única manera de llegar a ciertos puntos inaccesibles en vehículo a motor, como el Pla de Beret o el santuario de Montgarri, donde el aislamiento es absoluto y el silencio solo lo rompe el sonido del agua del río Noguera Pallaresa.
El clímax técnico y físico de todo el proyecto llega en la última etapa de este sector, la 24, que une Sort con La Seu d'Urgell. Propone una distancia de 83 kilómetros y una cifra excepcional de 2.430 metros de desnivel positivo. El ascenso a la Torreta de l'Orri (2.439 m) marca el techo del Grand Tour de Catalunya Gravel, ofreciendo una panorámica de 360 grados sobre los Pirineos. Es un descenso largo y técnico por bosques de pino negro y abeto, lo que conduce finalmente a La Seu, cerrando el bloque más salvaje y majestuoso de la travesía.
Tramo 4: De La Seu d'Urgell a Figueres — Los volcanes conducen al mar 8 etapas. Recorrido: 404 km, +8.289 m
Con una media de casi 60 kilómetros por jornada, el trazado propone un descenso progresivo desde las cumbres de la Sierra del Cadí hacia la Costa Brava a través de 404 kilómetros y más de 8.300 metros de desnivel positivo, de los cuales 130 km son pistas de tierra, en su mayoría anchas: permiten fluir sobre la bici.
La salida de La Seu d'Urgell hacia la comarca del Berguedà mantiene la inercia alpina con una etapa de 1.750 metros de desnivel. El ascenso al Coll de la Trava y el paso por Josa de Cadí bajo la mirada de la montaña del Pedraforca —una de las cimas más icónicas para los senderistas y los practicantes del montañismo— definen un paisaje de silencio pirenaico y valles escondidos. Sin embargo, a medida que la ruta avanza hacia Ripoll y Olot, la geografía se suaviza. El paso por el Santuari de Lord y la llegada a la Vall de Lord introducen un entorno de bosques densos que anticipan la transición hacia la zona volcánica de La Garrotxa.
El tramo central de este bloque destaca por su densidad patrimonial. La etapa que conecta Sant Joan de les Abadesses con Olot aprovecha el trazado de la Vía Verde del Carrilet, facilitando un rodaje más cómodo antes de encarar la comarca de la Garrotxa. Aquí, el gravel se vuelve oscuro y volcánico, atravesando los hayedos de la Fageda d'en Jordà y rodeando conos volcánicos antes de buscar el agua en el lago de Banyoles. Es un sector donde la media de desnivel cae significativamente, permitiendo disfrutar de la arquitectura medieval de Besalú y sus puentes fortificados.
El desenlace del viaje tiene lugar en el Empordà y, de nuevo, con el mar en el horizonte. Las últimas jornadas abandonan definitivamente la montaña para rodar entre campos de cereal y olivares, con el viento de la tramuntana como compañero eventual. El terreno se vuelve rápido y llano, permitiendo un pedaleo fluido por las pistas que conectan Cistella y Avinyonet de Puigventós. La llegada a Figueres, bajo la cúpula del Museo Dalí, pone punto final a este cuarto bloque. Es un cierre que une el Pirineo con el Mediterráneo, completando un viaje de contrastes que ha recorrido toda la espina dorsal de la geografía catalana.
Tramo 5: De Figueres a Barcelona — Del surrealismo al modernismo
10 etapas. Recorrido: 652 km, +10.504 m
La parte final del Grand Tour de Catalunya Gravel se despliega a lo largo de una travesía de contrastes que une el cabo más oriental de la península, el Parque Natural del Cap de Creus, con la capital catalana, manteniendo una media de 65 kilómetros diarios.
La ruta se adentra primero en el Cap de Creus, donde el viento local, la a veces temida tramuntana y la roca de pizarra dictan las reglas. La etapa que parte de Figueres hacia Port de la Selva destaca por su dureza técnica inicial, ascendiendo al macizo de la Albera y coronando el monasterio de Sant Pere de Rodes. Desde esta atalaya románica, el descenso hacia el mar ofrece una de las panorámicas más crudas y bellas del litoral catalán. El viaje continúa bordeando la costa por Cadaqués y Roses, donde el gravel se mezcla con el aire salino. Aquí todo es sube y baja a través de las calas en la costa. En etapas que apenas superan los 60 km se acumulan desniveles de más de 1.100 metros.
Al dejar atrás el Golf de Roses, el paisaje se serena en los Aiguamolls de l'Empordà, un tramo llano de pistas rápidas y canales de gran biodiversidad que permite recuperar el ritmo antes de encarar el macizo del Montgrí. La geografía se vuelve más boscosa y amable al entrar en el Baix Empordà y las Gavarres. Aquí, la ruta fluye por pistas anchas de tierra compacta que conectan pueblos medievales como Pals y Peratallada con la ciudad de Girona, donde el patrimonio de piedra —vale la pena bajarse de la bici para recorrer su casco antiguo— convive con una vibrante cultura ciclista local.
El tramo final hacia Barcelona atraviesa la Selva y vuelve al Vallès, siguiendo antiguos caminos de comunicación y rieras que evitan el tráfico denso. El último gran reto es la entrada por la Serra de Collserola. En una etapa final de perfil quebrado, la ruta recupera la vista sobre el Mediterráneo desde la Carretera de les Aigües en la sierra de Collserola, como en la primera etapa, cerrando el círculo en la céntrica Plaça de Catalunya. Es un final simbólico donde el polvo acumulado tras 2.500 kilómetros y 42 etapas se encuentra de nuevo con el asfalto de la ciudad y concluye así este viaje a modo de road movie, como una película sin inicio ni final en la que en cada escena hay un paisaje diferente. El espectador, el ciclista en este caso, decide cómo escribir el guion.