Olga Àbalos | 17 Sep 2025
Que lo vivido en La Vuelta sirva para algo
Mientras grabábamos el último episodio de VOLATA Radio el pasado lunes, la UCI publicaba un nuevo comunicado en relación con esta última edición de La Vuelta que no tuvimos la ocasión de comentar, así que vaya esta columna como epílogo. En esa declaración oficial, el organismo suizo condenaba los hechos ocurridos en Madrid que obligaron a suspender el final de la última etapa y recriminaba al presidente del Gobierno de España que hubiera alentado a los manifestantes pro Palestina. Se escudaba nuevamente en que el deporte debe ser neutral y promover el diálogo y la convivencia.
Parte del mensaje de la UCI es, sin duda, irrefutable, pero las circunstancias excepcionales en las que ha transcurrido La Vuelta también demandaban un comunicado excepcional y a la altura de los acontecimientos. Refugiarse otra vez en los valores olímpicos para justificar esa supuesta neutralidad —casi como una referencia bíblica intocable y dando la espalda al momento histórico— se convierte en una posición política en sí misma. Y deja aún más en evidencia el doble rasero del que venimos hablando estas últimas semanas: ¿por qué con Rusia y Bielorrusia, o en otras situaciones como el apartheid en Sudáfrica, el deporte se convirtió en un instrumento de presión internacional y ahora no sucede lo mismo con Israel? La UCI condena los hechos ocurridos en La Vuelta, pero evita condenar públicamente el genocidio en Gaza y el papel de Sylvan Adams, propietario del Israel Premier Tech. Esos mismos valores olímpicos que defiende le permitirían hacerlo, porque el olimpismo no es neutral: es político.
Es evidente que el ciclismo, y el deporte profesional en general, está plagado de contradicciones y hemos aprendido a convivir con ellas. Como aficionados, acatamos que el deporte que más nos gusta esté financiado por países y empresas que practican el sportwashing —como Emiratos Árabes, el Reino de Bahréin o compañías como Ineos—, pero eso no debería impedirnos mantener una mirada crítica sobre cómo se financia el deporte.
El ciclismo no puede explicarse sin esas contradicciones, ni tampoco sin su condición de estar atravesado por la sociedad y el momento histórico en el que transcurre. Porque pasa por delante de nuetra casa, en nuestras calles, nuestros pueblos y nuestras montañas. Esa es su mayor belleza y, a la vez, su mayor fragilidad. Lo saben quienes aman este deporte y ahora también lo saben quienes cortan una carretera —un acto que, por cierto, no es ilegal según el derecho internacional— como gesto de protesta no violento, aunque incómodo, desagradable e injusto para quienes están al otro lado.
Y es en ese contexto, el de las contradicciones intrínsecas y la perversa posición de la UCI, donde La Vuelta se ha quedado atrapada. Durante tres semanas ha intentado mantener un perfil bajo y no tomar decisiones contundentes —escudada en la posición de la UCI— y eso no ha hecho más que aumentar su vulnerabilidad. Seguramente Unipublic —y, por extensión, ASO, propietaria de la empresa organizadora de La Vuelta— tenga poco margen para expulsar a un equipo respaldado por Israel, pero sí dispone de un altavoz poderoso para hablar y herramientas para tomar partido. Incluso para explorar los límites del reglamento, como apunta Carlos Arribas en un artículo en El País.
Quienes seguimos el ciclismo conocemos el esfuerzo titánico que implica levantar una gran vuelta: una logística descomunal, compromisos comerciales y centenares de trabajadores que dependen de ella. A todos ellos les ha tocado vivir escenas duras, incluso injustas, fruto de una protesta que no distingue entre logos, nombres o apellidos. La Vuelta ha sido utilizada como banco de pruebas a nivel estatal e internacional; todas las fuerzas políticas la han instrumentalizado: desde partidos políticos hasta la UCI y el propio Estado de Israel. Al mismo tiempo, se ha convertido en un escaparate de primer orden mundial para mostrar la solidaridad popular con decenas de miles de personas asesinadas en Gaza. Que esto no se quede aquí, por favor. Que lo que han vivido los corredores, los equipos y los trabajadores de La Vuelta sirva para que el deporte sea un espacio de transformación social y que otras disciplinas continúen estos pasos.