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Una casa temporal

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Texto: Olga Àbalos/ Fotografía: Tomás Montes | 08 Jul 2019

Una casa temporal

Una casa temporal

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Ser ciclista profesional es sinónimo de viajar para competir y, para los oriundos fuera de Europa, suele significar también cambiar la ciudad de residencia para ajustarse a las exigencias del calendario. George Bennett (Nelson, Nueva Zelanda, 1990) decidió saltarse la universidad, hacer la maleta y probar la aventura europea desde Suiza con dieciocho años. Una década después ha encontrado la estabilidad en Girona, junto a su compañera Caitlin Fielder, bióloga marina que ha convertido la pintura y la customización de zapatillas de ciclismo en una nueva profesión y vocación. Los dos nos abren las puertas de su casa para hablar de todo lo que supone la vida nómada de un atleta profesional y tener que convivir con varias realidades culturales.

(ARTÍCULO PUBLICADO EN VOLATA #17. AHORA, BENNETT ESTÁ COMPITIENDO EN EL TOUR; FIELDER ACABA DE GANAR UNA CARRERA DE MONTAÑA DE 29 KMS)

"Nos costó mucho encontrar un piso como éste, diáfano, sin habitaciones pequeñas", comenta Caitlin Fielder con una amplia sonrisa mientras con los brazos abiertos muestra el amplio  comedor-sala de estar y cocina americana que ocupa la parte central del apartamento, situado cerca del casco antiguo de Girona. Lo primero que llama la atención es la decoración minimalista a base de blanco, gris claro y madera natural. Un estilo muy nórdico que uno no asociaría con la imagen idealizada de una exótica Nueva Zelanda. Dentro de la armonía del entorno destacan un par de espejos en forma de mapa del país del Pacífico Sur, una enorme mesa de madera irregular, un par de guitarras en una esquina y un cuadro de una cabra montesa pintado por Fielder. Lo demás, aire, espacio, luz, mucha luz. “En mi caso he estado yendo y viniendo los últimos tres años y mudarme a vivir aquí ha supuesto un gran cambio, sobre todo, si vienes de un lugar como Nueva Zelanda. Allí, aparte de las grandes ciudades, nunca vivirías en un piso. Pero especialmente lo he notado por el hecho de trasladarme a un país con una lengua distinta", comenta. Detrás de ella, aparece George Bennett, relajado y con ropa ancha y cómoda: “Hemos aceptado que tenemos otra vida aquí con todo lo que comporta como, por ejemplo, vestir diferente. En mi país seguramente iría al supermercado descalzo, sin zapatos. Si hiciera esto aquí, todo el mundo me miraría de una forma extraña". Miramos al suelo: ambos nos reciben descalzos.

Europa no es un lugar nuevo para Bennett. Lleva diez años en el viejo continente. Cuando hizo la mayoría de edad, cogió las maletas para cumplir su sueño de ser ciclista profesional. En 2009, voló desde Nelson, —ciudad costera de cincuenta mil habitantes en la costa norte de la isla del sur—, y recaló en Suiza para descubrir el ciclismo europeo y llegar a ser profesional. La experiencia no fue nada fácil ya que el equipo por el que pensaba que había fichado ya no existía cuando bajó de aquel primer avión que lo dejó en Zurich. Pero no había marcha atrás y terminó vistiendo la equipación de una tienda de bicicletas. Consiguió buenos resultados y fichó por otro equipo amateur con el que coincidió con otros corredores kiwis. "Creo recordar que nunca antes había echado de menos tanto mi casa ni me había sentido tan desarraigado en mi vida. Lloraba y estaba muy muy triste, porque además no hablaba ni una palabra de francés, no tenía internet, ni dinero... Pero luego, cuando me fui a Estados Unidos, todo cambió —relata sobre su paso al Livestrong continental en 2011—. Pasé un año allí y quizás fue el año más divertido de mi vida porque vivíamos en un mismo piso cinco tíos. Fue genial. Cinco tíos con contratos profesionales, por tanto, éramos muy buenos. Y dedicamos nuestra vida a divertirnos y a correr y cada vez que recibíamos una bicicleta nueva era como revivir la Navidad. ¡Teníamos cuatro bicis nuevas cada año! Nos trataban como profesionales, hablábamos la misma lengua. Ya no estaba solo, ya no sentía que había decidido no ir a la universidad para nada".

Del Livestrong pasó al Radioshack en 2012, donde compartió escuadra con Fabian Cancellara y los hermanos Schleck, y se convirtió en corredor World Tour. Fue entonces cuando se mudó a Girona, ciudad en la que reside desde hace más de cinco años. "La vuelta a Europa fue distinta. Quizá el primer año fue un poco duro, pero luego, cuando Caitlin se mudó aquí, todo fue más fácil. A lo mejor, una vez cada pocos meses tengo aquellos veinte minutos en los que sientes que echas de menos tu casa pero luego se me pasa”.. Acostumbrado al viejo continente, Bennett lucha para conseguir afianzar buenos resultados en las grandes vueltas por etapas —terminó octavo en el Giro d'Italia 2018— y recuperar sensaciones después de que se le haya vuelto a reproducir un dolor intenso en un costado, todavía sin diagnosis clara, en los momentos de máximo esfuerzo.

Bennett comparte situación con muchos otros corredores transoceánicos que han tenido que ajustar sus vidas a otro contexto para desarrollar su profesión. Fielder no considera que los kiwis y los aussies tengan una habilidad especial para adaptarse a las circunstancias, es la propia necesidad. “Supongo que la gente de aquella zona, cuando tiene que viajar, tiene que hacerlo durante un largo período de tiempo. Es difícil irte fuera solo un fin de semana porque eso supone mucho dinero. Así que cuando viajas tienes que estar dispuesto a estar fuera de casa durante un largo período de tiempo”. Fielder lo comenta con una enorme taza de té con leche en la mano decorada con motivos maorís, uno de los pocos elementos que remiten a tierras lejanas. "Si miras a tu alrededor y te fijas, sí que hay algunos detalles de Nueva Zelanda, como la hoja de madera tallada que tenemos en la puerta de la entrada—comenta Bennett cuando se le pregunta si necesita tener esos toques folklóricos a su alrededor—. Pero en general llevamos un estilo de vida totalmente distinto al que llevaríamos en Nelson. Eso sí, echo mucho de menos estar en contacto con la naturaleza, el campo... ¿Que si el cambio cultural afecta al rendimiento deportivo? Yo creo que puedo ser un buen profesional tanto aquí como allí, en Nueva Zelanda, pero aquí en Europa se dan mejores condiciones. Para entrenar y estar centrado necesitas a veces un poco de estrés, de tensión”.

Desde el ventanal del comedor se puede ver el skyline de la zona sur de Girona. A pesar de que es un día algo gris y las nubes no dejan pasar el sol, la luz aporta mucha amplitud. Fielder comenta que la habitación que usa como estudio para trabajar con las zapatillas es donde están "las mejores vistas de la casa". Allí hay una pequeña ventana horizontal a través de la cual se pueden ver de lejos algunas de las montañas que hay en la parte norte. Un resquicio de naturaleza que sabe a poco. Sin embargo, gracias al ciclismo y al trail running, que Fielder practica desde hace unos años, pueden saltar por la ventana y explorar. “Esta zona está muy bien porque después de un par de kilómetros ya has salido de la ciudad y puedes estar rodeado de bosques —comenta el ciclista—. Ahora llevo unos años aquí y me lo conozco bastante bien. Siempre intento buscar carreteras nuevas, sobre todo carreteras pequeñas y hacer el máximo de kilómetros por ahí, porque si no puedo salir tengo sensación de claustrofobia. No sé si los demás ciclistas tienen la misma sensación... Supongo que si has nacido aquí, estás acostumbrado, pero si eres de Nueva Zelanda y encima has nacido por la costa como yo, donde no hay mucha gente, te sientes mucho más cómodo cuando estás siempre al aire libre”. "Con la carrera de montaña también te conoces el territorio —replica ella—. Puedes ir a los mismos lugares que un ciclista, pero de otro modo. Por ejemplo, puedes ir a Els Àngels. En bici tardas cuarenta minutos y a pie puedes llegar a tardar tres horas. El trail running va muy bien para la cabeza. Eso marcó una gran diferencia al principio de mudarme aquí”.

 

Lecciones de historia en el Giro

A parte del choque cultural que puede suponer ir a vivir a un lugar distinto y con el carácter de un país del sur de Europa, Bennett suma un segundo filtro por el que tiene que pasar: el de la mentalidad que reina en el equipo Team Jumbo, con el que ya lleva cuatro temporadas y acaba de firmar por tres años más. "La verdad es que es un gran equipo. Estoy muy a gusto y contento con el material, las bicis, el personal, la gente… Por supuesto, hay una parte emocional que es distinta a la de estar en un equipo como podría haber sido el del Orica GreenEdge, pero al final, en ese equipo, no hay espacio para mis ambiciones como ciclista profesional. El ambiente seguro que no es el mismo y no hay la misma conexión cultural pero aun así disfruto en este equipo. A veces estás en la mesa y la gente se pone a hablar en holandés y desconectas un poco pero bueno, son buena gente”, comenta Bennett en medio de risas. Añade: “En el equipo funcionamos a la manera holandesa. Y lo cierto es que cuanto mejor corredor eres, el equipo se adapta más a ti. Por ejemplo, en el Tour Down Under yo soy el líder del equipo. En La Vuelta, en cambio, Steven Kruijswijk es el líder y todo es mucho más holandés y entonces eres tú el que te tienes que adaptar”.

El ciclismo actual es muy global y en cada equipo profesional conviven muchas y distintas personalidades, culturas y nacionalidades. Cuando se le pregunta si en las estructuras hay recursos más allá del sentido común para ayudar a corredores que se puedan sentir algo decaídos o algo confusos por la vida nómada, Bennett responde con un contundente "en los equipos profesionales no hay lugar para la indulgencia. De algún modo es tu problema". Cada corredor tiene sus recursos y técnicas de supervivencia que le permiten alcanzar el estado de excelencia deseado. En una gran carrera por etapas, el compañero de habitación suele marcar la diferencia creando un buen ambiente y contribuyendo a la dosis de tranquilidad que uno necesita para desconectar y descansar. Aunque asegura que no le importa estar solo y que hasta lo prefiere, tiene ya algunos compañeros con los que suele repetir, como Primoz Roglic, Jos Van Emden o Sepp Kuss. "Supongo que el equipo conoce nuestros caracteres y sabe con quién estamos mejor, pero a veces es algo totalmente decidido por azar. Cuando eres joven nadie te pregunta con quién quieres compartir habitación, pero cuando te vas convirtiendo en veterano, sí que te lo preguntan". ¿Hay algo que te molesta de compartir habitación? "Lo que más me molesta es que mi compañero esté todo el día con el Facetime. Por eso me gusta compartir habitación con Jos porque le gusta mucho leer y hablar de historia, como a mí. De hecho, cuando estuvimos juntos en el Giro de Italia, cada noche en la habitación hablábamos de la historia del lugar en el que estábamos. Fue superinteresante y me gustó mucho. Con Sepp estuve en La Vuelta, y como no tiene novia y muy pocas conexiones con el exterior, casi no llamaba a nadie —risas—. Así que por las noches veíamos una película, nos reíamos de lo cansados que estábamos...” Fielder escucha asintiendo con la cabeza y con una media sonrisa. Se conoce muy bien esas particulares historias de alcoba, los viajes, el movimiento constante de maletas... Un calendario pegado con imán en la nevera con los diversos destinos de las últimas semanas son una prueba de una agenda ajetreada en la que este encuentro se ha añadido casi de milagro. El orden del apartamento —aire, luz, espacio, blanco, gris claro— contrasta con las habituales fotos de las habitaciones de los hoteles de los corredores, presididas siempre por una maleta abierta llena de ropa de ciclismo de colores llamativos. Los únicos motivos ciclistas de alrededor están guardados en la habitación de las bicis, en la que conviven varios modelos, maletas, rodillo y una enorme bandera de Nueva Zelanda, como una ventana que podría comunicar directamente con el hemisferio sur. De hecho, si se dibujara desde Girona una línea hacia el otro lado el planeta, la antípoda resultaría cerca de la isla norte kiwi. Fuera de esa habitación, nadie diría que allí vive un ciclista. Quizá ese minimalismo responda a una cierta provisionalidad. “De algún modo vivimos aquí con la idea de que esto no será para siempre y que algún día volveremos a Nueva Zelanda. Y que mientras estemos aquí, de alguna forma necesitamos ser de aquí”, comenta Fielder.

 

Una burbuja ciclista

Esa percepción externa contrasta con la aparente actividad ciclista que desde hace años hay en la ciudad, donde viven casi un centenar de profesionales. “De alguna manera vives en una burbuja social, en la burbuja del mundo del ciclismo—reflexiona Bennett—. Entrenas con ciclistas, sales con ciclistas y te comportas como un ciclista. Es extraño. De algún modo no estamos en contacto con la realidad, pero a pesar de esto creo que hemos aceptado que estar aquí es parte de nuestra vida, y que sea como sea, tienes que abrazar la cultura del sitio donde estás viviendo". Y esa cultura consiste también en gozar del hecho de salir a pasear y ver qué te encuentras por la zona vieja, donde "siempre pasan cosas". Es ese entorno más cercano, a pesar de tener algo de burbuja, el que, para Bennett, es importante, más que la vida nómada, los hoteles, etcétera. En realidad, las carreras son viajes de ida y vuelta y uno sabe que terminará regresando a su centro de operaciones, su casa. “Para mí es mucho más importante controlar el entorno que tengo aquí, estar con Caitlin… Y ahora, además con el negocio de Caitlin ya funcionando, las cosas son mucho más fáciles. El primer año de estar ella aquí, me preocupaba mucho tener que irme a entrenar durante seis horas sabiendo que ella no conocía a nadie y estaba sin trabajo. A lo mejor, paraba a medio entreno para llamarla y saber cómo estaba. Pero ahora ya casi ni pienso en ello porque seguramente ella está mucho más ocupada que yo”.

Los pinceles como nueva profesión

Lo primero que llama la atención de la obra de Caitlin Fielder es la tendencia a dibujar motivos de la naturaleza y elementos naturales: hojas, flores, ramas, ondas acuáticas... "No sé si se debe a mi formación como bióloga marina pero sí que tengo interés por la naturaleza. Aunque mi trabajo era, sobre todo, dentro de un laboratorio". Sea como sea, la dinámica de la investigación parece conectar el trazo minucioso y detallista de su obra, muy realista, en la que destacan unas zapatillas pintadas en blanco y negro con motivos maorís que Bennett lució durante el Tour de Francia de 2017. "A la gente le gusta y me lo piden mucho porque lo han visto en las zapatillas de George, especialmente gente de Nueva Zelanda”. Entre otros ciclistas que llevan sus dibujos está el colombiano Esteban Chaves, que obtuvo unas coloristas zapatillas basadas en los colores de su fundación. Aunque hay muchos otros corredores que por órdenes de equipo no pueden lucir este tipo de prendas —"dos corredores del Sunweb querían zapatillas pintadas, pero no les dejaron", apunta Bennett—. Cuando se le cuestiona sobre si los ciclistas son muy exigentes y quisquillosos prefiere contestar con un diplomático: "creo que en general, a los corredores les gusta tener un elemento único y que nadie más tenga”. Sin embargo, la mayoría de las peticiones llegan desde todo tipo de ciclistas.

Sin duda, customizar zapatillas le ha permitido conocer de cerca el mundo del ciclismo. “Antes de conocer a George no sabía nada de ciclismo y la primera vez que vi el Tour de Francia era porque él lo estaba corriendo. Ahora conozco mucho más sobre este deporte, ¡aunque sobre todo sé mucho más sobre zapatillas!", asegura mientras comenta que ya conoce el tipo de material que usa cada marca y dónde hay y no hay que pintar. También qué pinturas usar para que el diseño sea resistente al sol y a las inclemencias climáticas. Al principio tuvo algunos desastres con la lluvia. "Me llevó casi un año antes de poder dedicarme a ello profesionalmente pero ahora llevo una media de dos pares de zapatillas por semana. Seguramente seguirá siendo mi trabajo cuando volvamos a Nueva Zelanda”.