Iskandar Hamawy Lopategi | 08 Jul 2026
El Atochal Orígenes: dormir dentro de la tierra
Gor, provincia de Granada. 1.200 metros de altitud, altiplano semidesértico, el Geoparque de Gorafe a pocos kilómetros y la Sierra de Baza cerrando el horizonte. Y por aquí, cada verano, pasa Badlands.
No es casualidad que El Atochal esté donde está. O sí lo es, dependiendo de cómo se mire. Dani Fernández, el propietario, fue a una reunión en Madrid con un fondo de inversión. Hablaban de activos en Barcelona y Girona cuando alguien mencionó un alojamiento rural que no estaba funcionando. En Gor. El pueblo donde nacieron los padres de su mujer. De toda Andalucía, la primera palabra que salió fue ese municipio perdido en la meseta granadina. “Casualidad”, dice él. Quizás no tanta casualidad.
El nombre del establecimiento lo explica casi todo: Orígenes. El proyecto familiar que nació de volver al origen acabó convirtiéndose en el origen mismo.
El Atochal no es un hotel rural con encanto ni una casa de pueblo reformada. Son cuevas excavadas en la piedra. En esta parte de Granada, vivir dentro de la tierra nunca fue una extravagancia. Era simplemente la forma más inteligente de soportar el clima. Fresco en verano, calor en invierno, silencio absoluto. La roca siempre tuvo razón. Solo había que volver a escucharla.
Muchas de estas cuevas quedaron abandonadas con el tiempo. Lo paradójico es que aquello que durante generaciones se entendió como una forma de vida humilde es hoy un ejemplo de arquitectura sostenible.
Las cuevas de El Atochal llevan nombres de pájaros —Abubilla, Bisbita, Carbonero, Estornino, Herrerillo, Milano— y cada una tiene una personalidad propia. Algunas están pensadas para grupos o familias. Otras parecen diseñadas para desaparecer un par de días sin que nadie moleste demasiado. Carbonero, quizá la más especial, tiene una bañera frente a una pared de piedra viva y una luz que invita a quedarse quieto durante horas. Por la noche no se oye nada. Ningún material de construcción moderno consigue eso.
Para un ciclista, este rincón de Granada resulta algo extraño. En un radio de pocos kilómetros conviven paisajes que parecen incompatibles entre sí. Sales entre tierra seca y cárcavas de aspecto lunar y, media hora después, ruedas bajo los pinares tranquilos de la Sierra de Baza.
Entre dos paisajes lunares
La ruta que desde El Atochal recomiendan a quien llega por primera vez es una circular por la sierra. Carreteras silenciosas, bosque espeso. “Te adentras allí y lo único que ves son animalitos”, comenta. Zorros, liebres, corzos, cabras montesas. Y esa sensación cada vez más rara de pedalear sin escuchar nada más que la rueda sobre el asfalto.
Hacia el otro lado, el terreno cambia completamente. Las badlands de Gorafe —parte del Geoparque de Granada, Patrimonio Mundial de la UNESCO— cobran otra dimensión desde la bici. Pistas rápidas, barrancos secos, horizontes abiertos. El embalse del Negratín aparece de repente como una lámina de agua azul que descoloca porque no esperas encontrarla en medio de tanta tierra seca. Por la noche, el cielo se llena de estrellas con una claridad que ya casi no existe en muchos sitios.
La prueba de ultradistancia Badlands pasa exactamente por aquí. Y quizá por eso El Atochal terminó convirtiéndose, sin buscarlo demasiado, en uno de esos lugares que los ciclistas empiezan a recomendarse unos a otros. El evento trae cada verano a corredores de toda Europa. Más de 700 kilómetros sin asistencia, casi 12.000 metros de desnivel y el altiplano granadino a principios de septiembre.
Sin embargo, fue en el verano de 2025, uno de ellos llegó a Gor con el cuerpo al límite. Se llamaba Chris Hall: ciclista de ultradistancia, cinco veces en Badlands, patrocinado por algunas de las marcas más reconocidas del sector. Pocos días antes había pedaleado casi 7.000 kilómetros durante treinta días seguidos alrededor del perímetro del Reino Unido en un proyecto solidario para Movember.
Cuando alcanzó Gor, ya sabía que no iba a terminar. Paró en el segundo día. No exhausto ni derrotado. En paz, dice él. “No es común retirarse de una carrera así estando tan tranquilo.” Llamó a Dani.
—Oye, ¿tienes libre?
Se quedó un par de días. Durmió. Salió con la cámara de fotos. Caminó por los alrededores. Volvió a comer caliente. Alguien que lleva años empujando sus límites descubrió que a veces la mejor decisión es simplemente parar.
Hay algo en esa escena que explica bien qué representa El Atochal para muchos ciclistas: no es solo un sitio donde dormir entre etapas. Es el lugar donde la tierra —literalmente, la roca— te acoge cuando ya no tienes más que dar. En la mesita de la cueva hay una cerveza fría esperándote. María o Dani preguntan dónde quieres cenar, si la bici sube contigo o se queda abajo, cómo prefieres el desayuno. Y si llegas tarde y con hambre, el restaurante del pueblo manda la carta a la cueva: choto al ajillo, andrajos, quesos y embutidos de kilómetro cero.
Cuando le preguntas a Dani qué quiere que sienta la gente cuando se va, lo resume sin rodeos: “Sentir el entorno, desconectar en el alojamiento. Volver al pueblo, conocer a gente de entorno rural.” Nada más. Y nada menos. Hay algo honesto en esa respuesta. Nada de experiencias transformadoras ni discursos sobre desconexión digital. En invierno, la chimenea. En primavera, los almendros en flor. En otoño, la sierra mudando de color. Solo dos tumbonas en una terraza y tiempo suficiente para quedarse quieto un rato o el que necesites.
Fotos: Edelva Sánchez