Suele decirse que el ciclismo tiene el mejor estadio del mundo, porque es un estadio natural en el que todo el mundo puede jugar y, además, de forma gratuita. Es uno de los aspectos que hacen que el ciclismo sea un deporte maravilloso, porque puedes ver a tus corredores favoritos de cerca e incluso acceder a ellos. Pero hay momentos en los que ese privilegio se pone en riesgo, porque en ese estadio no cabe todo el mundo.
Se calcula que unos 800.000 espectadores subieron a Alpe d’Huez ayer para ver pasar el Tour de Francia. Una cifra récord que puso al límite la capacidad logística e infraestructural de la organización. Ante esta previsión, el Tour ya había cerrado el acceso al tráfico rodado desde el jueves, pero, aun así, quedó completamente desbordada por el aluvión de cicloturistas, aficionados y curiosos que subieron andando o en bicicleta, algunos acampados desde días antes.
El caos se palpaba, y hasta los ciclistas que vivían su primer Alpe d’Huez mostraban su nerviosismo. «Espero sobre todo no caerme, porque creo que habrá mucha gente y ya hemos visto que puede ser bastante peligroso», advertía Paul Seixas. Remco Evenepoel pedía medidas concretas: «Espero que instalen cuerdas y vallas desde los últimos 5 kilómetros». Pogačar se limitaba a desear que no hubiera problemas: «Va a ser fantástico. Espero que no haya ningún problema, pero bueno… ya veremos».
Fue fantástico y la jornada de ayer dejó grandes imágenes, pero hubo sustos, momentos de colapso en los que no se podía avanzar, Pogačar haciendo gestos para que la gente se apartara, Evenepoel frenando porque delante tenía a varias motos… Y un grave accidente de Einer Rubio (Movistar) cuando peleaba por un meritorio sexto puesto. Se estrelló contra la luna trasera de un coche del UAE, que había frenado en seco para no atropellar a un aficionado que había invadido la calzada. Recibió cerca de 20 puntos de sutura en el rostro y hoy ya no tomará la salida. Paradójicamente, fueron los móviles de los aficionados los que pudieron grabar ese momento y son las imágenes que ahora podemos ver sobre el accidente.
No es la primera vez que el desborde de público pone en riesgo la carrera. En 2016, en el Mont Ventoux, una moto de televisión frenó en seco entre la marea humana que invadía la calzada y provocó una caída que rompió la bicicleta de Chris Froome. El británico, entonces líder de la general, terminó subiendo un tramo del Ventoux corriendo, a pie. Entonces ya se empezó a hablar de si había que limitar el número de vehículos y de aficionados.
La otra cara de la moneda fue la experiencia de corredores como Julian Alaphilippe, penúltimo en meta y a años luz de su mejor versión en este Tour, que encontró incluso motivos para disfrutar entre el gentío: «Fue increíble. Hay momentos en los que la multitud se abre justo en el último momento, pero fue estupendo. Me tomé el tiempo para disfrutarlo», contaba, ajeno ya a cualquier aspiración deportiva en esta carrera. Muchos otros corredores hablaban de la emoción de haber vivido un día así, como el americano del EF Education, Sean Quinn, que lo definía como el «ciclismo en su máxima expresión».
Y si el ciclismo es lo que es, en gran parte, es porque no hay vallas que separan el ciclista del corredor. Si perdemos eso, ¿qué queda del ciclismo? El problema no es la cercanía en sí, sino la falta de una cultura entre la afición que entienda que esa cercanía es un privilegio que hay que conservar, no un derecho ilimitado. A tenor de algunas de las imágenes de ayer, cuesta no preguntarse si a algunos de los que invaden la carretera realmente les importa la integridad física de los corredores, o si simplemente no han reflexionado sobre ello, porque no tienen la cultura ciclista adecuada. Esperemos que a los que vieron de cerca el accidente de Rubio les dé por pensar.
Pagar por acceder a la montaña no es la solución: cambiaría la naturaleza del deporte y sentaría un precedente terrible que lo transformaría por completo. De hecho, la propia ASO ya rechazó de plano una idea similar planteada por el excorredor Jérôme Pineau, que proponía zonas de pago en Alpe d’Huez. Pero sí hacen falta medidas de contención, ya sea vallando más kilómetros del recorrido, multando de forma ejemplar o limitando aún más el acceso.
El Tour es la única carrera que, por un lado, se enfrenta a esta masificación de público como ninguna otra, pero que, por otro, tiene los recursos para intentar encontrar soluciones que puedan sentar un precedente para el resto del ciclismo. Pero deben ser medidas que sirvan para mantener el carácter popular de este deporte, esa cercanía única con el corredor y mantener vivo el mejor estadio del mundo. Los espacios naturales también tienen un aforo y no deben morir de éxito